Julio 2008
¿Que se mira bajo tanto sol?
¿Que ve el ojo con tanta luz?
Presiento la sombra detrás de mí.
La melancolía
Es el mes de julio, me espera una tarde lluviosa y fría; aquí estoy tratando de ver a donde me lleva la ansiedad de contar; con la incertidumbre de no saber por dónde se disparará la memoria, y que puerta se abrirá dentro de las nostalgias.
Estoy en este instante, a solas con mi vida y con la tuya, Hêlēl; te vuelvo a llamar Hêlēl, porque me dijiste que ése es tu verdadero nombre. Al pronunciarlo invoco aquellas largas charlas, donde me enseñaste que Hêlēl es la palabra para Lucifer en hebreo, Eosphoros en griego, que quiere decir la luz de la mañana.
Hêlēl es el hijo de la aurora; me decías, es la luz divina que se confunde con la soberbia de Lucifer. Así arreglábamos el mundo, jugábamos con el significado de las palabras; la luz y la sombra desde diferentes culturas e ideologías.
Me viene como un recuerdo luminoso de esa palabra que te representa, te veo; mientras escribo tu nombre siento como una alegría y un miedo, siempre fue así desde entonces, mi querido amigo.
Paradojas si las hay, Hêlēl .
Tibio sonido
de piñas y bellotas
…son la infancia
La Trinidad
Se vive la infancia con ellas, se aprende y se comparte con ellas la vida cotidiana. Hoy he descubierto que mis hermanas son parte de mi melancolía, ellas son el tiempo de la inocencia.
Ellas representan aquella parte de mi vida ligera y alegre. Las dos a su manera encontraron la fórmula para quedarse en su mundo de siempre, en la esfera sin contaminar, como dos bailarinas se supieron mover siempre al ritmo perfecto de la música, sin romper esquemas antiguos, sin saltar del escenario, sin asomarse al abismo.
Ellas me acompañan a lo largo de estas evocaciones, están dentro del paisaje que trae mi memoria; ese lugar fresco de la juventud. Las veo una al lado de la otra, iguales pero a su vez tan distintas, mientras agitan sus manos para despedirse de su hermana mayor que parte hacia a un mundo nuevo. Recuerdo haberlas mirado por un largo rato, quizás para no sentir miedo al comienzo del viaje. Ellas son parte de la añoranza que después surgiría, al dejarlas junto a la adolescencia y a la tibieza de la casa familiar.
Mucho mas tarde, lejos de todo y lejos de la vida de ellas, yo no fui la misma. Creo que fue por pudor que nunca hasta hoy, pude decirles la pena que sentí en aquel tiempo al no tenerlas cerca, al no poder comunicarme como antes de haber perdido el candor, cuando supe que no pertenecía más a esa sincronía perfecta que nos protegía, en los días de la infancia.
Nada fue como soñábamos, Hêlêl, pero te confieso que cada tanto me gusta ser otra vez esa muchacha que mira a su alrededor, y siente que nada está fuera de su lugar; esa niña que ignora que allá afuera hay otras vidas, que hay otras miradas, y estar así, más cerca de ellas para disfrutar otra vez, de aquella parte de la existencia.
Pero he viajado hacia otro rumbo… en el cuál la alegría y la dicha están en la palabra, en la mente hambrienta de historias, en los amores contrariados e intensos. Ahora las veo con otra luminosidad, de otra forma que antes, es decir, las veo siendo otra y las miro desde otro espacio en donde el tiempo ha logrado equilibrar los sentimientos. Los sucesos se fueron confundiendo, y a veces las veo como dos niñas asombradas o quizás asustadas de su hermana soñadora cuando les cuenta que tiene dos amigas imaginarias, o las asombra cuando describe cómo besa su novio inventado.
Hoy se empiezan a confundir los tiempos, los recuerdos quedan en medio del camino, pero ellas siempre estarán en esa visión que yo misma produzco, cuando necesito encontrar el equilibrio dentro de mí.
Como me repetías tantas veces Hêlêl, uno mismo se crea el sufrimiento, sino es capaz de recuperar parte de la memoria perdida en los viajes.
Mis nuevas hermanas
Hoy entra en mi mente una luz preciosa y veo otra vez, ese instante en que aparecen en la computadora las palabras mágicas que estuve esperando desde hacia tanto tiempo.
Es el atardecer en mi oficina, cuando Maggie, mi socia y amiga del alma, se para ante la pantalla y me dice con la voz azorada: -creo que este mail es de la hermana que buscabas- me siento trabajosamente a su lado, mientras ella repasa con su palabra confundida y en su idioma mezclado, las letras tímidas: es apenas una pregunta cuidadosa como si la persona tuviera mucho miedo a equivocarse, que sólo fuera un espejismo.
Leo el mensaje: “sólo quiero saber si tu eres hija de R.E.B” y está su firma y yo recuerdo el nombre. De la emoción le digo a Maggie, que todo puede ser, que hace tanto tiempo que las busco, que ella sabe las ganas que tengo de encontrar a mis dos hermanas pequeñas, el mejor legado de mi padre exonerado, que sólo sospecho que viven en San Pablo.
Maggie escribe por mí: “sí lo soy” y entonces, siento una electricidad en mi cuerpo que me hace temblar entera, una emoción nueva, inimaginable, un sentimiento mágico que me cuesta aceptar de tanto que late mi corazón; todo es posible en esta Era, pienso.
Entonces comienza el intercambio de datos, de emociones. Le escribo de mi vida y ella me relata de la suya, cuenta de su madre que tendría la edad mía, su muerte reciente, hablamos de nuestro padre. Ella confiesa su necesidad de buscar los lazos desparramados en este país; hacemos un esfuerzo enorme para no perder la cordura… tantos años buscándonos, tanto tiempo sin encontrarnos… al final de esa tarde ya conocíamos nuestra historia, ella también cuenta de la otra hermana, yo describo la vida de estas hermanas, resumimos qué hemos hecho con nuestras vidas, los años que han pasado, los días de la infancia sin saber nada de nosotras.
El tiempo adormece los sentimientos, los apolilla, pero el destino se ocupa siempre de reconstruir lo mutilado, siempre me decís Hêlél, que tarde o temprano él nos pondrá frente a esos lazos primarios; porque los vínculos deben restaurarse para que la vida sea valedera en todos sentidos, insistís.
Hoy rememoro esa tarde luminosa en que llegó esa pregunta tímida de mi pequeña hermana. Después, las dos promovemos los encuentros para ubicar los nuevos sentimientos en el corazón, y así poco a poco, lo hacemos todas.
Ahora escribo con mucha serenidad sobre esta felicidad nueva; recupero la claridad para dar gracias al cielo por haberlas encontrado.
para siempre
Primer amor
Miro al pasado y recorro otra vez aquel paisaje de mi juventud; ése lugar en donde residen mis fantasías mas caóticas y mis sueños imposibles; siempre vuelven para mezclarlo todo.
A los diez y seis años no sabía vivir en la realidad, mezclaba las nuevas sensaciones con mis fantasías amorosas y sufría de esperanzas truncas, cuando por ejemplo, el amor de mis desvelos se abrazaba con mi mejor amiga y ella devolvía el abrazo ajena a mis delirantes ilusiones de que yo era su elegida. Tengo la impresión de haber vivido ese tiempo en un total ensueño de enamorada de un dios que me gustaba con locura; lo imaginaba junto a mí, tirado sobre el pasto o imaginaba sus besos detrás del cerco que separaba las canchas de tenis de los jardines. Estacionaba mi bicicleta junto a la suya en la pileta del club, donde nos juntábamos todos los amigos. Fue una época de mi vida en la que vivía ilusionada en conquistarlo, pero la deidad nunca se detuvo a mirarme con otros ojos que no fueran los de compañeros de vacaciones. Sobresale el último año antes de enamorarme en serio y partir lejos.
“Éramos jóvenes, era verano, era perfume de limonero.
Eran tus piernas, eran las mías sobre el pasto, bajo el sol... (Era el cielo.)”
Escribía este poema en el diario de tapas amarillas que me había regalado mi tía Helena para navidad.
Son recuerdos sin contaminar, Hêlēl.
Ni la edad, ni las historias que el tiempo me trajo, ni las claudicaciones reiteradas me arrancaron la ilusión de volver a verlo. Y cada vez que esto sucede, sigue causándome perplejidad y asombro. Nada ha cambiado en ese espacio de los sueños de inocente soñadora; lo entrañable que ocurre, es que el recuerdo de aquel amor primero, ausente en su mirada mis recién nacidas palpitaciones sexuales, produce en mí, el mismo aleteo en el pecho, la misma absurda y loca ilusión que me producía entonces. A veces, por circunstancias casuales de amigos en común, nos encontramos en alguna reunión social, en algún evento de amigos compartidos; él pasa mi lado con una leve sonrisa de compromiso frente a una vieja cara conocida. Una y otra vez, sufro porque no he sido nunca capaz de desprenderme de la ingenuidad que padecía en aquel entonces, la inexperiencia de la juventud cuando aún no se sabe porqué suceden las cosas, ni el origen de las penas de amor, ni se sabe manejar el deseo, ni la alegría. En el lugar en el que se reproducen mis sentimientos más básicos, una y otra vez siento asombro.
A lo largo de los años, cada vez que rememoro ese tiempo, Hêlēl, te busco en el espejo para que me digas que está bueno mantener vivo el recuerdo de aquella inocencia, para así olvidarme de mi misma.
Inmensidad.
Desnudez en los árboles.
Gris rumbo al sur...
El cuaderno azul
Es un cuaderno azul de tapas duras, repleto de notas, de descubrimientos y de entusiasmo; con un titulo rimbombante: “Viaje a la Patagonia y a Chile en enero de1947”.Adolfo escribió en la primera hoja con letra mayúscula: “Estoy tan contento de emprender este viaje… ojalá que sea eterno”.
Lo leo con dificultad porque la letra es despatarrada típica de un adolescente; se nota que escribe con el auto en marcha.
“Son las siete de la mañana y salimos de casa con un día muy lindo y con el marcador del coche que registraba 3688 kms.”
Leí hasta el final, curiosa por develar como había sido la aventura, adivinar con quien viajaba para descubrir su inocencia, su asombro frente a la tierra desconocida; lo cuenta como si fuera un viaje iniciático, una experiencia que luego lo llevaría a elegir aquellas inmensidades para armar su vida.
Fue feliz, en aquel viaje. A medida que leo, percibo que ese niño quiere hacer de ese tiempo, toda una vida.
Y me lo imagino sentado en el asiento trasero del automóvil de su tío, ( fui deduciendo que viajaba con sus tíos) con la mano en el mentón, pensando y escribiendo, poseído de pronto por una cierta melancolía, mirando el paisaje desconocido, absorto ante tanta llanura. Inmediatamente después con una esperanza inesperada, de vivir lejos, en algún lugar de ese horizonte.
Lo veo sonreír, como si hubiera descubierto su destino.
Esto es gracias a la añoranza, que me lleva a meterme en ese pasado que me devuelve una sonrisa tan profunda, tan verdadera, que parece que fue ayer cuando iniciamos el mismo viaje juntos para instalarnos en ese paisaje que él niño describe con tanta frescura.
“Después de andar un rato entramos en Puerto Madryn, vimos el golfo y en sus bordes de repente apareció el pueblo” apunta después de describir varios días de travesía.
”Nada mejor que a este paisaje para imaginar la belleza”, escribe ese chico triste y poco dado a las efervescencias emocionales que yo vine a conocer muchos años después. Se entusiasmaba, sin duda, y comenzaba a imaginarse que allí se veía feliz, tiene que pensar que así sería, para después mantener la idea.
Cuando continuo leyendo me doy cuenta de que era aquella mirada de niño asombrado ante tanta inmensidad, que me había enamorado. Como si las vivencias fueran mías y las esperanzas también.
No supe apreciarlo entonces, sólo supe admirarlo, después amarlo y mucho mas tarde sufrirlo, hoy intento recuperarlo aunque ya no está. En este cuaderno encuentro la esencia del hombre que elegí para compartir un viaje similar, un viaje a la inmensidad, sin saber que me depararía el futuro.
Las páginas desteñidas me ponen frente a la respuesta que nunca pude darme.
De verás, Hêlēl, la vida en la Patagonia valió la pena.
Desde las páginas de este cuaderno azul rememoro aquel instante para reconocer que fuimos felices en aquel tiempo.
Será invierno
cuando desnude, amor,
tanta ausencia.
Los pericos *
Pienso en aquellas noches largas amodorrada entre mis hijos, inventando historias con unos pericos hechos en papel de diario. Lo había aprendido de verlo a mi abuelo hacerlos para mí. Cada vez que iba a visitarlo, el viejo los preparaba con tanta ternura que jamás pude olvidarlo.
Apenas caída la tarde, que era noche, estoy a la espera de mi hombre que llegue, estoy feliz con mi vida. Veo las caritas inocentes y ansiosas; sentados en el suelo como hacen los niños frente un escenario de títeres. Y yo aúllo como un lobo o me río como un hada, o canto desafinada, canciones infantiles atroces, mientras ellos apenas despuntando la infancia, ríen y también lloran, como si esos muñecos de papel tijera cobraran vida cada vez. El ambiente está templado con la estufa de kerosene, mientras la escarcha ha cubierto las ventanas.
La llegada del padre anuncia el fin de la función y entonces, todo es pura alegría: los abrazos, las risas, el pan fresco, la sopa de sémola y la radio encendida.
En ese lugar en el que transcurrían aquellos días, no era ni una niña ni era un mujer, era un sueño desplazándose en medio de las tareas de cada día, un deslizamiento de la realidad que había elegido, como una adolescente que no sabe qué quiere ni qué espera del futuro.
Me veo también preparándome para una fiesta ante un espejo diminuto, el único que teníamos en la casa, encaramada al inodoro, tratando de observarme en cuerpo entero. No importa, me consuela Adolfo, sos linda siempre.
Ahora el espejo me ve maquillarme, limpiarme los dientes, peinarme sin mirar, el crecimiento del pelo asoma blanco, las señales del tiempo entre los ojos...ésa soy yo.
A lo largo de los años me he olvidado de mí misma, sólo me recuerdo a través de los otros. Siento que he perdido el hilo de la historia que imaginaba perfecta.
Ese fue el error, Hêlēl, no imaginar que había otras realidades, otras formas de seguir la vida.
los mecanismos que interfieren en la felicidad…
Balada para un loco
Hay algo que a veces me asusta, Hêlēl. El silencio es un idioma cruel.
Estoy en el otoño y no habrá más encuentros contigo. Nunca más tendré un cuerpo para acariciar, ni cambiaré besos desaforados en medio de la noche. Solo la confusión y el asombro de descubrir cada día que mi sexualidad está helada. En mi imaginación el amor ahora es sin palabras, sin el lenguaje de entonces.
Antes, me decías que el tiempo era eterno, nada era demasiado importante ni siquiera se daba valor a la experiencia. Los besos se tiraban a la basura, los afectos se consumían y los dolores se olvidaban.
Hago memoria para volver a ver esa escena, cuando te busqué en aquella noche perfecta de Buenos Aires; vos no lo sabías, no tenías por qué saberlo; yo era la mujer que puso su mano sobre tu hombro, para pedir que me guiaras entre el laberinto de la multitud después de un concierto de Astor Piazzola. Llevabas un suéter negro y unos pantalones azules, tus ojos miraban lejos; no me veías hasta que sentiste mi mano. Ibas en medio de otra gente y me dijiste hola, sin hacer ningún gesto, sólo con los ojos; miré como te reías con Astor mientras el te abrazaba emocionado en medio del tumulto; volviste a verme y entonces me llamaste con un leve vaivén de tu cabeza, y yo fui hacia vos y me presentaste a mi ídolo del bandoneón y él me dio un beso húmedo y preguntó mi nombre.
Después me pediste perdón por no haberme visto entre el gentío y yo te dije que de alguna manera, a pesar del desencuentro, había sido un premio el haber conocido a Astor Piazzola, la misma noche que presentaba por primera vez “Balada para un loco”.
Ahora pienso, trato de pensar, para entender que no se puede recuperar lo perdido. Intentar volver sobre nuestros pasos nos transforma en monstruos, me dijiste una vez.
No estabas tan equivocado, Hêlēl.
No encontrarás
en medio del desierto ni un solo beso.
Fantasías
Miro a mí alrededor, éste es mi lugar.
Aquí siento que puedo mezclar todo, rescatar de cada recuerdo lo que me gusta lo que alegra. Nunca he sabido vivir sin la melancolía; siempre la llevo acuestas pero ahora aunque no puedo deshacerme de ella, se mezcla con los tiempos, con los sentimientos y con los recuerdos. En otras épocas de mi vida, arrastraba una fantasía que venia desde mi adolescencia, pensaba que el amor lo podía encontrar a la vuelta de la esquina, que siempre habría un hombre esperándome en algún lugar del mundo. Pero ni la edad, ni la crueldad del tiempo, ni las experiencias, ni las caídas me han hecho claudicar de esa permanente búsqueda de la felicidad.
Frente a las ausencias, a la muerte, o a la desolación, encuentro un lugar para soñar.
De haber sido una mujer sola, nada me hubiera detenido para ser una viajera en busca de una identidad nueva. Muchas veces mis sentimientos retorcidos siguen causándome cansancio, todo lo que quise lo tuve, pero aún espero que algo suceda, que algo me diga por donde seguir viendo y asombrándome.
Aún no sé cuál es el origen del dolor ni de la alegría, no lo sé.
Hay días que soy una sombra desplazándose por la mañana desde la cama hacia la cocina en busca de un café, sin mirarme ni una vez en el espejo mientras me lavo los dientes, sin querer verme, porque he estado soñando con aquella noche en que me sentía tan contenta porque estaba enamorada otra vez, o ese día en que sentí que había apresado la felicidad entre mis dedos cuando por fin pude pagar mis deudas y nada me retenía en aquella casa.
Hoy me ha dado por pensar en aquella madrugada en que había salido a la calle como una loca para comprar cigarrillos. El hombre del kiosco me pregunta si no siento miedo de andar por la calle sola y esas horas, digo que no tengo miedo que mucho mas miedo tengo a la desesperación de mi pareja al verse sin cigarrillos. ¿Es un adicto? Pregunta el hombrecito –si que lo es- digo, y el entonces me regala un chocolate y me dice que camine rápido, que esta muy oscuro, que hay mucho delincuente suelto, que son las cuatro de la mañana – estoy a cinco cuadras de casa- digo y me voy ligero, sólo mis tacos suenan en la vereda desierta, vuelo cruzando la avenida, corro por las cuadras que me faltan, me tiembla el pulso mientras meto la llave y recién en le ascensor me miro en el espejo. Me veo pálida, el borde de mis labios morados del frío, apenas una sombra del rimel corrido entre los ojos. Esto debe de ser amor, me digo.
Aquello que yo sueño o lo que yo misma imagino, Hêlēl, nunca ha sido capaz de paliar la nostalgia que sigo sintiendo por aquel tiempo dichoso.
Sólo contigo
los silencios y pausas
eran la música.
Esa tarde
La indiferencia es el peor de los olvidos, Hêlèl.
Por eso no quiero que se escapen las imágenes que me surgen cuando escribo. Las tengo apresadas en la memoria pero a veces ella me juega en contra. Me amenaza con anestesiar mis recuerdos frente a la página en blanco de mi diario.
Hoy surgieron otra vez, las de aquella tarde en la playa con Miguel. Las acabo de ver; regresaron con tanta fuerza que las sombras de nuestros cuerpos se ven nítidas en mi cabeza. Descubro que están allí desde siempre, como si fueran las rocas de mi playa favorita bañadas por el mar, húmedas siempre, a veces cubiertas por el agua, a veces secas, pero siempre allí. Así que retorna la imagen de ese encuentro inesperado cuando él se sienta a mi lado y los dos miramos al mar agitado por la brisa del atardecer. Me pregunta ¿qué has hecho de tu vida en estos meses?, yo contesto: he vivido, y entonces veo en su cara el desamparo.
Vuelve a preguntarme si me he vuelto a enamorar, le digo que no, pero que es mejor que él me cuente de su propia vida, para no caer en una melancolía inapropiada frente a la belleza de la tarde.
Mi cabeza es como un baúl con espacios secretos para acumular los tesoros olvidados, le digo, y en ese instante veo que sus manos que estaban apoyadas sobre sus rodillas tiemblan, sus ojos se humedecen. Yo lo miro de costado y me coloco frente a él, de espaldas al mar como si quisiera que su cuerpo me hablara mientras tomo sus manos y las apoyo sobre mis pechos. Siento el temblor en el cuerpo como si fueran aleteos de pájaros, noto sus dedos helados, y los aprieto contra mí, los acaricio y no dice nada, solo me mira como si recién me descubriera y entonces, vuelve otra vez a preguntarme que he hecho con mi tiempo, qué habrá sido de mi vida.
Si hubiéramos seguido juntos quizás no podría rescatar estas imágenes tan frescas, tan bellas, Hêlēl.
confines en su nombre
huyo de mí.
El bar*
Decir sin decir...
Y comprender tu idioma
en la mirada
Obsesión
Pienso otra vez en él, Hêlēl, y su recuerdo es como una ola del mar que retorna y se retira dentro de mi vida.
¿Porqué habrá vuelto a mi, buscando comprensión?, ¿porqué, si sabía que siempre lo comprendería? ¿Qué locura nos encadenaba?
Esta obsesión no es nada si la comparas, por ejemplo, con aquella idea de separarnos para siempre. Es cierto, el compartir cada día, cada uno aportando sus miserias propias, fue una locura. Vivíamos como si el tiempo fuera eterno e íbamos a tener para toda la vida los años de cuando nos conocimos. O cuando Miguel me pedía que mis hijos fueran sus hijos, que nunca habia querido tener hijos propios, que mi familia era justo lo que había andado buscando en esos años.
La primera vez que viajamos a la costa no puedo olvidar que de tanto abrazarnos, perdimos el rumbo y nos perdimos. Era una linda aventura, acaso la mejor que tuvimos, cuando aún no nos habíamos arriesgado a jugarnos el uno por el otro.
Ahora lo veo sentado, frente a mi aquella tarde de invierno, ya alejados de aquella felicidad; sólo se escucha su monólogo, habla de su tristeza permanente, de su visión desamparada frente las cosas simples, escucho su voz de reproche por mi silencio, y enseguida su arrepentimiento reflejado en las palabras que tanto me gustaban oír cuando creía que siempre sería él: “sos una mujer irremplazable”, repite mientras su mirada se pierde en la oscuridad que refleja el ventanal de mi casa.
Me mira como si quisiera decirme que tiene mucho miedo. Y yo lo dejo ir, sin poder decirle nada, ni siquiera que lo comprendía, o que estaba bien que se fuera.
Una vez que se marchó, me llené de amargura de no haber sabido encontrar una palabra que le devolviera la tranquilidad, él buscaba siempre en mí, la mirada en medio de la tormenta.
Si ahora me escuchara, Hêlēl , sabría que lo sigo pensando cuando escucho el sonido de alguna guitarra o cuando camino por la orilla del mar. Se me viene encima un recuerdo fulminante, de nuestras manos enlazadas mientras contemplábamos la puesta de sol.
No supe abrazarlo cómo entonces, ahora intento hacerlo desde el pensamiento, como aquel viaje en que perdimos el rumbo. Me imagino a los dos otra vez en aquel instante en que nos decíamos en medio de la ruta extranjera, “Ojalá que sea así siempre.”
Hoy no está y es una alegría y es una nostalgia. Desde siempre fue así: el gozo y el quebranto, la felicidad y la desdicha, siempre, una frente a otra en un desafío permanente.
Hay días que me imagino por encima de los años pasados, como si entre ellos no hubiera tiempo, que todo es una secuencia de una sola historia. Así me siento fuerte y saludable, como aquella mujer que atravesaba los vientos del sur, recorriendo senderos desconocidos sin miedo. Hay veces que recuerdo los diálogos de cada encuentro, sin entender como se perdieron los finales, no acierto a comprender la razón que llegó el adiós. Pienso que fue como hacer el amor en el abismo, en el vacío, sin muros que nos contuvieran. A veces escucho rumores que me confunden, palabras que no identifico, abrazos, por ejemplo, que no recuerdo como fueron, como si el amor siempre fuera sin destino.
Todo queda en la penumbra cuando quiero fijar las imágenes, muchas veces se dispara la realidad y me asombran las cosas que pasaron realmente.
No es que la vida haya girado o el mundo esté a punto de desaparecer, Hêlēl, es que yo ahora soy una mujer que está envejeciendo.
en un océano lleno de náufragos.
Espejismos
Hoy después de tanto tiempo, tengo la impresión de que aquellos últimos golpes duraron una eternidad. Una eternidad de silencios, de aplausos, de suspiros y su nombre en sordina en todas las voces.
Veo el público alrededor del último hoyo que aplaude entusiasmado, mientras la tarde cae mansa sobre el verde perfecto de la cancha de golf. Sólo es un instante. El levanta la cabeza después de acomodar los palos en la bolsa, y sus ojos se encuentran en los míos.
Levanto mi mano en señal de saludo, en medio de los autógrafos y la curiosidad de los periodistas.
Aquella mañana me había despertado angustiada, asustada por lo que sentía, estaba confundida. Culposa como siempre. Ni siquiera sabía si estaba contenta. Junto con las dudas, mis pensamientos se habían ido deslizando hasta llegar a la conclusión que ése día era el indicado para probarme y probarlo. Hacía una semana que sin ninguna intención de que así fuera, comenzó esa atracción inesperada que se apodera del corazón y del cuerpo sin ninguna señal previa, un ataque sin aviso. Al principio, sólo fueron miradas en la terraza del club de mesa a mesa, un intercambio de saludos, una sonrisa cómplice en medio del bar después del partido un guiño entre de los augurios de suerte para continuar primero, casi nada… sólo era una electricidad sutil que me atravesaba y me divertía. Sólo era eso, una súbita fiebre que suele pasarnos a las mujeres cuando nos excitamos con un ídolo. Cordura María, pensaba cada vez.
Y hoy, de pronto mientras pienso, mientras reviso mi vida, mientras recuerdo aquella aventura en el silencio de la casa, rememoro tus palabras Hèlél, cuando asegurabas que la pasión desbocada embrolla los códigos.
Era el tiempo de la omnipotencia, la edad exacta entre la juventud y la madurez. Me asombro ahora, me asusto de aquella extravagancia, de la poca resistencia de mi voluntad. Pienso Hêlél, que todo se debería a la necesidad de tragarme el mundo para no sentirme muerta, para no reconocerme vacía, después de un matrimonio fracasado, de los sueños claudicados.
En ese tiempo recién había llegado por la ruta infinita del sur hacia el norte, había dejado atrás ese paisaje en dónde el cielo y el sol se confundían en horizonte, y estaba dispuesta a comenzar otra vez para sentirme viva.
Recuerdo también, el instante en que él me pregunta que hago allí en esa cena de deportistas, que le parezco distinta, casi como un hada, me dice y yo sólo sonrío y me callo de pura emoción. El era el centro de atención de la fiesta, el futuro campeón, el niño que estaba dotado de algo especial en el difícil mundo de los deportes.
Él entonces, se sienta por un momento a mi lado y me dice al oído que quiere salir conmigo a solas, que necesita hablar con alguien que no sea de ese ambiente, que el hombre que me acompaña no me merece. Yo me río y aprieto su mano por debajo de la mesa.
Repaso ahora su mirada desvaída, su sonrisa de compromiso con la gente que lo rodea; él dice cualquier cosa, contesta en automático, siempre con la mirada en mí, mientras brinda con un poco de cerveza, apenas, porque se está entrenando.
Yo hablo del tiempo, de mis hijos, del partido, mientras mi corazón late descontrolado.
Mucho más no registra mi memoria…, mis amigos que me convidan con una copa, mi pareja que se acerca y me dice de irnos, que es tarde, que mañana hay que volver al club para jugar. Mi compañero no sospecha nada y eso me calma por un rato; cuando se aleja un poco aprovecho para volver a mirarlo y veo su seña de complicidad mientras me guiña un ojo y hace un gesto para que me acerque. En mi oído murmura: esta noche a las 11 en… yo hago un esfuerzo para recordar la calle y el lugar, digo “hasta mañana” a todos mientras me voy.
Fueron sólo dos o tres encuentros inolvidables, de una pasión extrema, de una conexión entre los cuerpos casi sublime, de una perfecta comunicación de las almas, pero acotados en el tiempo breve de la vida de un futuro campeón, casi como si fuera un condenado a muerte cumpliendo el ultimo deseo, esas fueron sus palabras al despedirnos. A la semana siguiente volaba a Europa a enfrentar los grandes torneos con la exigencia a cuestas de ser el mejor, de traer un sueño cumplido a su país atravesado por la violencia y el miedo.
Así fue el pacto.
Vuelve a mi mente ése último instante… él se interpone en mi camino y me abraza mientras llora. Intento soltarme y se aferra a mi cuerpo con fuerza, hasta que de a poco, siento como sus manos se aflojan alrededor de mi cintura, se aparta y me mira con ese gesto que yo estaba empezando a reconocer. El desvalimiento que siente, la absurda realidad de nuestro romance secreto; sus años llenos de futuro, sus planes de triunfar y su inocencia apenas ensuciada por el tiempo breve de habernos descubierto.
Nada ni nadie pudo enterarse de estos encuentros arrebatados, robados a las horas de prácticas, las escapadas peligrosas de la rutina que se había impuesto.
Por fin nos separamos en la esquina de aquella calle anónima. Yo caminé hasta mi automóvil estacionado dos cuadras mas adelante, y él se escondió en la capucha de su jogging para alcanzar un taxi, nos dimos vuelta al mismo tiempo, sincronizados en la realidad de la despedida y mi instinto sospechó que esa sería el final de la historia, que habían sido puro espejismo aquellos días de apasionada locura.
La melancolía
inunda de rocío
mi paisaje.
La ruta infinita
Muchas veces, Hêlél, me pediste que contara aquella noche en la que acompañé a mis hijos a enterrar a su padre.
Ahora estoy frente a la pantalla, la tarde es tibia, he concluido mi día de trabajo y llega a mi mente relajada por un rato, la imagen de aquel último viaje.
El era el hombre del cuál me había enamorado cuando mi corazón era joven e intacto, el padre de mis hijos, … hoy siento profundamente, que el destino quiso que tuviera que morir conmigo, tan inesperadamente, tan descarnadamente, como fue aquel primer adiós.
Visualizo esa noche como si ella fuera su sueño cumplido; él de viajar cientos de kilómetros para poder ser enterrado en la tierra de sus abuelos, en las laderas verdes de las sierras de Ventana.
Sus hijos deciden hacerlo porque no hay otro lugar más adecuado que ése, para que descansen sus huesos de nómade. Y yo decido acompañarlos; es mi deber y después de todo, también es mi voluntad estar allí.
Es de noche y llueve sin piedad sobre la ruta infinita, truena sin descanso el cielo y cada tanto los faros del automóvil en que viajamos, iluminan el furgón blanco que nos preside; vamos en caravana rumbo al sudoeste casi sin hablar, la música suave, alguna anécdota para recordarlo, una broma para atemperar la pena, el cansancio de días de agonía, la noche larga que nos espera.
A mitad de camino, ya entrada la madrugada, aún llueve sin pausa y se decide entre todos, parar en una estación de servicio a tomar algo para despabilarnos y cambiar de conductor.
Recuerdo que nos sentamos en una mesa cerca de la ventana y pedimos un café. Hablamos del tiempo, de lo que se haría al llegar al pueblo, del entierro. Yo sólo escuchaba como si fuera ajena; eran sus hijos… yo sólo su ex esposa. El hermano mayor se levanta de pronto, se acerca a una mesa que se encuentra a la entrada del local y vemos que saluda a la pareja que esta sentada allí tomando una gaseosa.
Hago un esfuerzo enorme para adivinar quienes son y al final él vuelve y nos dice que ellos son los conductores del furgón, que también necesitaban detenerse por un rato. Allí detrás del vidrio empañado por la lluvia, yace el cuerpo del padre.
Surgen ahora, entrañables imágenes de mis hijos en esa desapacible noche y en ese bar del camino. Cada uno expresa a su manera, lo que siente, coinciden que ése es el mejor homenaje para el padre, saben que nada le hubiera gustado más que ser velado en la ruta interminable y presentir la caravana detrás de sus despojos. Todos tienen la mirada turbia, están tristes pero también están contentos; al fin y al cabo, es la aventura póstuma que merece ése hombre bohemio, trashumante eterno, viajero incansable.
Cuando volvimos a ponernos en marcha otra vez detrás del furgón blanco rumbo al sudoeste, la lluvia había amainado y el cielo comenzó a plagarse de estrellas.
Por la ventanilla del automóvil miro las gotas de agua que aún reverberan sobre el asfalto y reflexiono en medio del recogimiento y del silencio de todos, cómo el destino me pone ante la oportunidad de despedirme de Adolfo. Pienso que de alguna manera, él me diría gracias por venir con ellos; y siento que así le hubiera gustado que fuera su despedida.
Coincido contigo Hêlél, que ni la memoria ni tiempo pueden romper laescencia de la historia.
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