viernes, 10 de septiembre de 2010

Los pensamientos de mi madre

Mi madre pensaba mucho en los tiempos de su infancia. Sobretodo cuando los años le anunciaron de que su descomunal vitalidad estaba por agotarse, cuando sus ojos se habían opacado de tanto tejer, de tanto leer, de tanto reír.

Pensaba por ejemplo, en su abuela inventora, aquella mujer que sabía hacer muñecos de trapo y también fabricaba cigarros, que inventaba formulas para conservar las verduras y experimentaba con injertos de calabacines. Mi madre pensaba también en su abuelo un gallardo español descendiente directo del Quevedo, pensaba que esa exagerada lista de genialidades de sus antepasados le había asegurado una vida plena de aventuras. Ella había pasado con ellos los veranos de la infancia. Era un lugar mágico pensaba mi madre, desde donde se podía ver el horizonte ondulado de sembrados y plantaciones de olivares, y el clima era frío y los cielos diáfanos. Pensaba que había sido una niña privilegiada por haber tenido tanto cariño. También pensaba mucho en su juventud cuando se comprometió con la política y con la religión; ella creía que era la única razón que le daba derecho a tener un lugar en el cielo.

Mi madre pensaba que el amor era algo misterioso, que nunca le seria infiel al hombre que había elegido como marido para no hacerse pedazos frente a la terrible circunstancia de estar enamorada del novio de su hermana, algo que archivó en el fondo de su corazón. Mi madre pensaba que aquello era una decisión del cielo; por eso se casó con el amigo de su cuñado, para cumplir con los designios familiares de casarse joven, y ser una señora de bien. También pensaba que era parte de su destino que ese hombre que había elegido como padre de sus hijas la dejara por aventuras nuevas, que nunca más volviera a verlo, que la condenara para siempre a la soledad de la vida sin una pareja. Mi madre pensaba que su corazón sólo encontraría consuelo en su familia, pensaba que nada le sucedería si estaba cerca de ese hombre que no le pertenecia.

Mi madre sobre todas las cosas, pensaba que la vida era luminosa, que todo tenia un tiempo, que todo pasaba, que todo no se podía resolver en esta tierra y que en cielo estaban los premios y los castigos. Mi madre también pensaba que la risa era el mejor remedio.

Ella jamás pensaba que alguien podría hacerle daño, que hubiera gente con malas intenciones, que pudieran lastimarla, solía pensar que Dios siempre la protegería de todos las desventuras que la vida le presentara, que su memoria la ayudaría a olvidar los malos momentos y a recordar solo los buenos. A veces se empeñaba en ser severa con sus hijas y fracasaba en el intento de enojarse, pensaba que eran las mejores hijas del mundo y que nunca la iban a defraudar, pensaba que los malos ratos que le ocasionaban eran fáciles de olvidar, que nunca recordaría los fracasos ni los pesares que ellas pudieran atravesar.

Ella también pensaba que la justicia era algo innato, que nada ni nadie podía cometer algo para lastimar a alguien. Mi madre creía firmemente en la justicia divina, pensaba que alguien allá en el cielo, sabría como poner orden, que nadie aquí en la tierra tenia el derecho a hacerlo.

Mi madre pensaba que el destino era sabio y que Dios la llevaría antes que tuviera que someterse a la decadencia de una vejez poco digna.

Mi madre pensaba que había sido muy feliz, que siempre hizo lo que había querido y que los malos recuerdos se deberían archivar en el fondo del corazón.

Mi madre nunca pensó que era sabia.