Bella's Blog
Diálogos en otoño
domingo, 12 de abril de 2020
miércoles, 20 de julio de 2011
La muchacha de la playa
La muchacha de la playa
El diablo es cualquier dios, que empiece a exigir obediencia.
Nietzche
Lucia Ortiz acomodó sobre sus hombros el chal de lanilla, y se dispuso a caminar por la playa, como lo hacía todas las tardes. La arena aun estaba mojada después de la lluvia, pero el aire era tibio; anunciaba otra tormenta. No había nadie, solo ella, el murmullo del mar y a lo lejos unas gaviotas levantando vuelo. Eran las ventajas de un balneario en el invierno. Se dispuso a caminar a paso lento respirando el aire de la tarde, mientras miraba hacia lo lejos el muelle que apenas se distinguía entre la bruma. Lucia sabía exactamente que le llevaba una hora de paseo llegar hasta el malecón y volver, cada vez repasaba de una mirada los médanos, los faroles de la avenida costera y las pequeñas casas que asomaban detrás de los arbustos quemados por el salitre. Son plantas salvajes que soportan tempestades, como yo, pensaba cada vez. Luego desvió su vista hacia el mar y observó la marejada que aceleraba su paso hacia la playa. Siempre lo mismo, se dijo, el mar va y vuelve acompañándonos hasta el fin. Otra vez sintió nostalgia.
Le pareció ver a lo lejos, una sombra sobre la orilla.
Será un embrollo de algas - pensó - seguirá la tormenta.
Mientras se acercaba, la sombra comenzó a moverse -debe ser la basura de algún barco. Aceleró un poco el paso, entonces percibió que eran dos sombras. Ah, son los perros de don Eloy, se dijo. Miró a su alrededor en busca del viejo y no lo vio. Una de las sombras se separó de la orilla y se quedó quieta. De pronto la imagen se aclaró, entonces entendió que la sombra inmóvil era una muchacha que levantaba su mano en señal de saludo.
Mientras se acercaba, la sombra comenzó a moverse -debe ser la basura de algún barco. Aceleró un poco el paso, entonces percibió que eran dos sombras. Ah, son los perros de don Eloy, se dijo. Miró a su alrededor en busca del viejo y no lo vio. Una de las sombras se separó de la orilla y se quedó quieta. De pronto la imagen se aclaró, entonces entendió que la sombra inmóvil era una muchacha que levantaba su mano en señal de saludo.
- Qué mala suerte - pensó Lucia - Qué buscará a estas horas y con este frío - y volvió a buscar a su alrededor algún otro humano que estuviera acompañando la chica. No había nadie.
- Está perdida, perdida… - repetía la muchacha. Está quieta con sus brazos abrazando su cuerpo esmirriado. Se la ve angustiada, mientras señala con la cabeza el bulto que aun seguía en la orilla.
Molesta por tener que detenerse, Lucia preguntó qué quería.
-Está perdida… - repite la muchacha. Entonces Lucia vio que era una foca que trataba de juguetear con ella.
-Déjala tranquila. Ella sola volverá de donde vino - dijo Lucia, y comenzó otra vez, a caminar hacia el muelle.
-Esta perdida, repite la chica, otra vez - la camada se habrá ido - mientras dos lágrimas gordas se deslizan por sus mejillas y con un gesto automático las seca con el puño de su camisa.
*****
Los recuerdos la llevan hasta aquellos días en que ya estaba amenazada la alegría, la inocencia.
Era muy pequeña, apenas recuerda la escena.
Está jugando en el patio cuando llega, una amigo de su madre, (durante muchísimos años no recordaría su nombre) viene con una canasta donde asoma la cabeza de un cachorro.
El hombre apoya el canasto sobre las baldosas y sonríe, supone que seria su cumpleaños, porque era otoño, hacia un poco de frío y estaba por empezar a ir a la escuela. Ella tiene los ojos fijos en el canasto, rígidos de los nervios, de la alegría, muda del desconcierto, y después le abraza las piernas, es tan chiquita que apenas llega hasta esa parte de su cuerpo.
Hasta aquel día que llega de la escuela. La casa ha cambiado de aspecto, nadie sale a recibirla, el silencio es insoportable. Sólo las plantas en el jardín se mueven con el viento... movimientos suaves como espíritus tristes.
Su madre está en la cocina y se afana mas de lo normal con las tazas del te.
-¿Y Bobby? Pregunta la niña- Silencio; vuelve a preguntar ahora casi es un grito.-No grites, el maldito perro no está, se lo han llevado. ¿-Cómo, donde? Desespera la niña. -Se lo hemos regalado a una familia que lo necesita. Ese perro era incontrolable y tu padre ni yo, tenemos tiempo para andar detrás de un perro limpiando y ordenando...
Ella no recuerda mucho más... está quieta, no se mueve; solo dos lagrimas gordas y saladas corren por sus mejillas enrojecidas de la rabia.
Después, cuando la vida se convirtió en una perversa ambigüedad, supo que ese hombre que le había regalado el cachorro se llamaba Salvador.
****
Lucia siguió la marcha. La humedad lo envolvía todo; el encuentro con la muchacha la había incomodado lo suficiente, como para no quedarse allí estacionada frente al animal perdido.
Después de un rato giró la cabeza para comprobar cuánto se había alejado de ellos. La escena era tan previsible que le resultaba dolorosa, imaginable: la chica estaba sentada en la arena y el animal seguía intentando volver al agua.
La puesta del sol se había acelerado y Lucia aun no había llegado al muelle. La lluvia estará por llegar, pensó, al ver como el sol bajaba atropellado sobre los medanos, es inapelable la hora del ocaso; se conformó con sus pensamientos mientras giraba sobre sus talones y emprendía a paso firme el regreso.
Ya no había rastros de la foca ni de la chica. Dudó si realmente las había visto. La marea se lleva las huellas, se explicó a si misma; estaba aturdida frente a la soledad del atardecer.
****
Días después, Nieves escuchó la voz de su madre, desde el fondo del taller de cuadros en cuál trabajaba toda la familia.
¿Vas a salir, nena?
- Voy hasta lo de Sofía- respondió Nieves, mientras subía a la bicicleta.
-Lleva por favor, este cuadro hasta la casa de los médanos, la de las matas. No te olvides de que firmen el recibo.
Nieves recorrió las calles despacio por miedo a estropear el paquete.
La casa estaba resguardada por unos arbustos altos . La llamaban “la casa de las matas”. Ninguna señal visible en el exterior delataba el pequeño mundo que el propietario había creado a fuerza de plantas y de cuidados para que sobrevivieran al poder de la sal y de los vientos.
Nieves tocó el timbre y esperó.
Al abrirse la puerta vio a la mujer. Es la misma mujer que había visto en la playa. Los ademanes son serenos, pero sus ojos la observan, severos, distantes, preciosos.
-Traigo la pintura enmarcada.
Nieves tiene una sensación de inevitabilidad, de predestinación.
- Gracias, dijo la mujer, espera que busco unas monedas.
Nieves observó la figura envuelta en la chalina blanca, que se perdió en las sombras de la casa. Se imagina que revisa su monedero con los dedos largos y chatos, minuciosamente, sin prender las luces, acaricia los muebles al caminar hacia el fondo. Escucha sus pasos deslizándose por el piso de madera. Es un sonido suave, lejano.
La voz de la mujer la sobresalta cuando le ofrece el puñado de monedas.
- Gracias, pero no las quiero.
Raudamente tomó su bicicleta y emprendió el regreso. Anduvo un trecho y se detuvo con la fantasía que la mujer aun la estaba observando. Cuando dio vuelta su cabeza no había nadie. Siguió andando un rato con la sensación que al pedalear la distancia aumentaba entre ellas. La confunden los sentimientos, siente una angustia inesperada al alejarse de aquella mirada. Le recordó a la foca.
Cuando llegó a lo de su amiga, recordó de pronto, que la mujer no había firmado el recibo. Ahora la sorprendió la alegría, era inexplicable, pero allí estaba una sensación inversa de hacía unos instantes. Pegó la vuelta y retornó hasta la casa de la mujer.
Nuevamente tocó el timbre y esperó, su corazón latía a un ritmo casi doloroso. Ella abrió la puerta y al verla nuevamente sonrió.
-¿Te arrepentiste de la propina?
Nieves no encontraba las palabras, sólo pensaba en un montón de frases ridículas, "me encanta la chalina", "me gustaría que me dejara pasar"... pero dijo:
-No, es que me olvidé de pedirle que firme el recibo.
La mujer se rió con ganas. No debe de reírse nunca - pensó Nieves.
-Entra mientras busco un lápiz y te firmo el papel.
****
Cuando Lucia cumplió nueve años, comenzó todo.
Una tarde de primavera, su madre anuncia que se irá de viaje con unas amigas, a descansar, a respirar oxigeno,dice. Aún escucha sus palabras. El padre la tomó de los hombros y explicó: -mamá quiere distraerse por unos días. Ella se puso a llorar
No sabe porqué le causaba tanta angustia que la madre se fuera.
Pasó el día en la escuela, fue a la clase de piano y la tarde transcurrió como todas las tardes. -Ahora vas a hacer las tareas, y serás muy obediente, hijita- dijo el padre a la hora de comer- yo estaré un rato en el cuarto de los trenes, antes de irme a acostar.- dijo.
Se despertó por una pesadilla. La casa estaba en silencio y tiene miedo. Se levantó descalza, hasta el dormitorio de sus padres, y en puntillas, miró por el ojo de la cerradura (algo que solía hacer cuando sentía angustia, para comprobar que no se habían muerto). Entonces escuchó la risa de una mujer desconocida; murmuraba palabras in entendibles, más risas, en la cama matrimonial; después la voz de su padre.
No recuerda otra cosa, sólo la escena.
Al día siguiente, el padre sonríe mientras toma su café, le acaricia el pelo y se va a la calle.
***
Nieves la siguió por el pasillo hasta una puerta; cuando la mujer la abrió, todo el ambiente se iluminó con la luz del sol que entraba raudales a través del ventanal. Todo parecía luminoso, en colores diferentes, radiantes, intensos: un contraste inmenso con la gris escenografía que era su vida.
La mujer se acercó a un mueble con varios cajones y de uno de ellos extrajo una lapicera. El instante se congela, el silencio se esparce por toda la habitación; ella tiene temor que se escucharan los tambores de su corazón.
Por un instante se miraron y Nieves vio en el gesto de la mujer la pregunta. Buscó en su bolsillo el recibo y se lo acercó.
-Firme aquí.
La mujer se sentó y le dio la espalda mientras escribía. En el suelo estaba apoyado el cuadro. No lo había prestado atención hasta ese instante, lo volvió a mirar y sintió una gran curiosidad por verlo colgado.
-Aquí está, todo debidamente firmado.- La mujer se colocó a su lado y siguió la mirada de Nieves.
-¿Te gusta? Estoy pensando dónde colgarlo.
-Donde usted pueda verlo.
La mujer parecía divertida con la repuesta.
- ¿Dónde te parece que podría ponerlo? seguía divertida.
Nieves tomó la respuesta muy en serio y comenzó mirar alrededor de la habitación.
-Quizás en la pared central.
***
La despertó el ruido que producían las gotas de lluvia sobre el tinglado que había en el fondo de la casa. Sólo con cerrar los ojos puede imaginarse que aún está en aquella otra playa lejana al lado de Ramón, de Salvador.
Puede sentirlas mientras cierra los ojos. Pero al abrirlos, vuelve a la realidad vacía y solitaria. Lo único que queda del pasado, son las imágenes que, cada tanto vuelven entrecortadas, y la conecta con la historia y con la fuga que arrastra tras de sí.
Permaneció acostada, tratando de despertarse lentamente, sin pensar demasiado en ellas. Desde que estaba en ese lugar, los primeros minutos después del despertar determinaban cómo iba a ser el día que tenía por delante. Aún ese instante, después de abrir los ojos le producía angustia.
Permaneció acostada, tratando de despertarse lentamente, sin pensar demasiado en ellas. Desde que estaba en ese lugar, los primeros minutos después del despertar determinaban cómo iba a ser el día que tenía por delante. Aún ese instante, después de abrir los ojos le producía angustia.
Durante los primeros meses desde su llegada, se había propuesto tener como un ritual, para no perder la cordura, ni para no dejarse llevar por el desasosiego que desde entonces la amenazaba de a ratos. Lo más importante era tener una tarea domestica que la obligara a levantarse de la cama y ponerse en movimiento. Sabía que nadie vendría por ella, ni que le iba a ocurrir nada. Huir implica estar sola, piensa. Está sola y no quiere pensar en nada que la acerque a aquellos días del infierno. Hace todo lo posible para no pensar en la soledad que ha elegido para olvidar.
Esa mañana del fin de verano, estaba acostada en la cama, con los ojos cerrados, dejando que los pensamientos se liberaran de tantos meses de estar congelados. ¿Cómo había sido la realidad de su vida? Después de todo, aquello sólo tenía una justificación, un punto de referencia, confuso y desconcertante.
Está encerrada en su propio laberinto y todavía le resulta difícil recordar todos aquellos días. La obsesión tiene un precio, piensa, se hace más intensa cuanto más uno quiere liberarse de ella. La felicidad, la seguridad, la vida cotidiana simple y alegre se esfuma entre el miedo, la pesadilla y la desesperación.
Podía pensar que había podido liberarse del infierno si se hubiera propuesto elegir la vida buena al lado de Ramón, de su casa llena de sueños, pero no se puede claudicar a la adrenalina cuando atraviesa cada parte del cuerpo y calcina la voluntad.
Se siente el corazón encadenado, reflexiona, sin salida, con desesperación y con miedo a romper con el infierno, a quedarse sin la droga de esa relación.
Había estado muy cerca de lograrlo, pero volvía a caer cada vez, con sólo oír su voz en el teléfono. Cada vez, pensaba como eliminarlo de su vida antes que él la hundiera en la locura. Él me lastimó primero, piensa. Nunca debo olvidar eso.
Ella había sobrevivido, había podido irse aunque fuera a un destierro, había conseguido verlo morir a sus pies. ¿Qué sentía ahora? Sólo había tratado de olvidar aquellos días. De todos modos, nada era como había imaginado.
En el lejano y solitario lugar que había elegido para desaparecer, la inesperada aparición de la muchacha, la había deslumbrado, la había confundido y también la había mortificado. Ella había huido de todo y de todos. Después no había pensado en nada más. También se pregunta ¿cual habían sido sus sueños de juventud? Casi no los recuerda; cree que nada fue como lo había soñado.
Los que habían sido sus amigos están lejos y nada quieren saber con ella. Toda la gente que la había rodeado en diferentes momentos de su vida, se había esfumado. Algunos con el silencio, otros con palabras, pero tenían algo en común: todos la habían despreciado cuando se enteraron de la historia. No había nadie que quisiera comprenderla. En una ocasión, recuerda, estaba esperando en la cola de un banco para a que le dieran una tarjeta de crédito, una mujer joven que estaba a su lado, le pregunta:¿La conozco de alguna parte? No puede recordar que sintió en ese instante, sólo puede precisar que por primera vez, mintió, diciendo que ella era extranjera, que no conocía a nadie, la mujer no preguntó mas nada y se cambió de lugar.
Había comenzado a mentir, con la esperanza de que creyeran que era otra. Su terapeuta, el único hombre que la escuchaba, le había dicho que la obsesión era una celda mortal, un tic tac que tortura con su sonido inaudible, insistía. Entendía cada palabra qué él decía, mientras trataba de pensar que no tenía razón. Eso la había asustado. No podía soportar más la realidad que se había fabricado en torno a sus equivocaciones y comenzó a darse cuenta de que habría de escaparse de todo y de todos para no volverse loca de desesperación. Y la tranquilidad sólo podía venir de la sensación de estar a salvo, lejos de todo el pasado.
La mirada intensa de la muchacha la lleva hasta aquellos tiempos antes del infierno.
Otro recuerdo definitivo fue el día, en que subió al tren con su tía Carmen rumbo a San Nicolás. El olor ácido de la estación Retiro, el ruido de las maquinas, el ajetreo de la gente. No entendía demasiado bien el porqué de ese viaje imprevisto, con esa tía que apenas sonreía, que rezaba en silencio, que le acariciaba cada tanto el brazo.
- Irás con tu tía Carmen, a la primera comunión de tu prima Sara,- había dicho su madre, una tarde.
Ella se sonrió apenas, y de la nada le dieron ganas de llorar, algo que siempre le sucedía cuando escuchaba que sus padres iban a dejarla a la casa de la abuela por alguna razón que ella no llegaba a comprender.
Pórtate como una señorita y obedece a tu tía, no te olvides de rezar antes de dormirte y lávate los dientes.
Pero, estaba contenta con la idea de viajar en tren lejos y de ir a conocer la casa de sus tíos que decían era muy bonita y con un jardín precioso.
La tía Susana era hermana de su padre y a su vez hermana de la tía Carmen que era soltera y muy devota. La tía Susana se había casado con hombre importante, le había contado su madre, un señor que era juez. Ella se imaginaba que un juez era casi como ser Dios, alguien que inspiraba miedo y también admiración. Ella admiraba a su tío Ignacio y quería muchísimo a la tía Susana.
La tía Carmen lleva una pollera acampanada con flores negras y grises, una blusa blanca con mangas hasta el codo que mostraban apenas su piel fina surcada por una multitud de venitas azules. Su ropa, eran siempre de colores neutros, para acentuar el medio luto que llevaba desde la muerte de su padre.
Sonríe apenas, cuando Lucia le pregunta si alguna vez tuvo novio.
- Si... una vez, pero esas cosas no pregunta una niña de tu edad, responde.
-¿Mi papá lo conoció?
- No.
- Yo tampoco nunca me voy a casar.
- Eso sólo lo decide Dios- la voz de la tía era suave, tierna-aprende de tus padres, continuó diciendo-ellos son un ejemplo, se respetan y e quieren.
Esas palabras la perturban, pero no dice nada.
-Nunca dejarás de respetarlos, eh?
Después la tía Carmen le toma las manos y se las estruja con cariño y a ella sonríe apenas.
Aún recuerda el vestido color azul, y la chaqueta de lino blanco, que le habían comprado para la ocasión.
Con la mirada de aquella niña, recorre la llegada a San Nicolás: las calles sombreadas por árboles frondosos, los adoquines grises, la costanera, el río... y la entrada cancel de la casa de la tía Susana. El patio rectangular y el aljibe. Recorre tomada de la mano de la tía Carmen el largo pasillo que lleva hasta el comedor. Sus primos vienen a saludarla con muestras de alegría mientras hablan todos a la vez para contarle los planes del día.
Fueron días de aire fresco y puro, así los recuerda.
Hacia varios días que Nieves tenía la ilusión de encontrarla; la buscaba por todas partes con la mirada. Aquel sábado se fue hasta el centro para recorrer lo puestos de artesanías, tenia la intuición que la vería entre la gente. Necesitaba volver a verla.
Fue hasta la plaza.
La mujer está allí de nuevo, camina distraída, recorriendo los puestos, serena observa los pequeños objetos que hay en cada uno.
Estaba completamente inmóvil, envuelta ahora en una chalina gris perla, sus labios apretados, los anteojos apoyados en su nariz.
En la plaza había bastante movimiento.
Lucia no hizo signo alguno al verla.
Nieves se acercó despacio, se puso al lado de ella. No dijo nada, otra vez el corazón latía sin control, cuando la mujer la miró a los ojos y sonrió, luego volvió a fijar la vista en los objetos desparramados en la mesa del puesto;al parecer, no la reconoce, elige un pequeño cofre y la vendedora le dice el precio.
- Lo llevo, dice la mujer.
Nieves ve como saca de un pequeño monedero un billete y paga, después toma el envoltorio y lo guarda en la cartera. El movimiento de la gente, la música de un acordeón, niños que gritan y devoran golosinas, le molestan.
- Hola- dijo Nieves.
La mujer entonces vuelve a mirarla.
- Hola, dijo y sonrió amablemente como si no la reconociera.
-¿Hace mucho que está aquí?, la muchacha se ruborizó de su propia pregunta.
-Sí.
Ella vuelve a mirarla y ve que la mujer se aleja.
- Adiós- dice.
Lléveme con usted, quiero ir a su casa, piensa, mientras la ve perderse entre los puestos de la feria.
De pronto la mujer se da media vuelta porque la recuerda.
- ¡Sos la chica que del cuadro!
¿Donde lo colgará?, si quiere la ayudo a colgarlo! los pensamientos la taladran, pero sólo responde: Si.
****
Los años de la infancia fueron los más ambiguos de todos.
No pudo borrar jamás de su cabeza la noche que vio a su padre con esa otra mujer. Jamás lo perdonaría; de alguna manera había comenzado a despreciarlo.
No pudo borrar jamás de su cabeza la noche que vio a su padre con esa otra mujer. Jamás lo perdonaría; de alguna manera había comenzado a despreciarlo.
A los diez años, no tenía nada claro, ni sabia muy bien que quería, había días que le gustaba ser monja, y otros que se imaginaba viajando por el mundo. Pero, sólo quería ser grande para separarse de sus padres; poco a poco se fue manifestando en ella una rara sensación de rabia, confusión de sentimientos hacia ellos. Fue en esa época que comenzó a hacer bromas con el teléfono, para asustar a las amigas de su madre. (Sospechaba que una de ellas, era la que estuvo en la cama de sus padres, aquella noche). Podía cambiar la voz y decir cosas que sonaban amenazadoras y crueles.
Cuando cumplió doce, en la familia empezaron a preocuparse porque no había crecido lo suficiente y no había ninguna señal de que estuviera cerca de hacerse mujer. En su cabeza tiene grabado a fuego, cuando escuchó una conversación entre sus padres. Ella estaba por entrar al comedor de diario donde ellos estaban tomando el té, cuando su padre le decía a Inés:
-Me preocupa Lucia.
-¿Qué?- Dijo Inés sin levantar los ojos de su taza.
Ella que estaba detrás de la puerta, se quedó allí estática escuchando.
-¿Lucia? ¿Por qué? si dicen las monjas que va muy bien con los estudios.
-No es por eso, sí, ella es muy despierta y rápida para responder, pero la veo muy flaquita y esmirriada para su edad.
-Ya se desarrollará, todavía ni siquiera tiene pechos.
- Lo que me da miedo, Inés, es que si sigue así, va a llenarse de complejos y empezará a amargarse o peor a convertirse en una resentida como tus hermanas.
-¿Pero qué estás diciendo Amador? Te recuerdo que tu hija todavía tiene doce años y ha heredado de mí, la lentitud para desarrollarse, cosa que me parece bastante buena. Envejecerá mas tarde.
- Más vale prevenir que curar, ¿porque no haces una consulta con el pediatra?
-¿Para qué?
- Hoy en día hay hormonas y vitaminas para crecer.
Recordaba casi exacto el dialogo, fue un tiempo en que la memoria grabaría cada escena, cada conversación de ellos, sus padres.
A los catorce años, quería viajar, conocer Europa, mudarse a un balneario o a un pueblo cerca del mar; envidiaba a su amiga Marga, que vivía con unos tíos, ya que sus padres habían muerto en un accidente. Marga tenia una casita cerca del río, una huerta, un caballo, y un perro que la seguía a todos lados. A los quince años quería entrar y salir de su casa cuando quisiera, y no volver hasta la madrugada, con los pies cansados de tanto bailar, apretarse con un chico en un zaguán, dejarse besar por él y escaparse de sus brazos antes de que quiera algo mas que un beso. Todo eso quería ella, y sin embargo, en ese tiempo no pudo hacerlo ya que aun le faltaba hacerse mujer.
Siempre pensó que ella no tenía la culpa. Le habría gustado ser alta como Guadalupe, su compañera de banco, que usaba corpiño y se depilaba las axilas, que usaba medias de nylon y tenia un novio mas bajo que ella, que la besaba en la calle. Sus pechos sobresalían de su blusa si hacia movimientos bruscos. Los de ella apenas se notaban. Eran como dos botones y no se movieron del sitio durante todas las vacaciones. Ella también pensaba que no tenía la culpa, del atraso de su desarrollo.
La noche que iba a cumplir diez y seis, por primera vez se sintió culpable. Las chicas malas no crecen, le había dicho su abuela un día remoto de sus ocho años, y esa misma noche llegó a la conclusión que Dios la había castigado por espiar la aventura de su padre, por ser tan cruel con las amigas de su madre, a las que había asustado durante mucho tiempo con llamadas obscenas y amenazas tremendas. La amargura comenzó a invadir su corazón para esa época.
Pero, hasta aquel día, poco después de que cumpliera los diez y siete, el futuro no había existido para ella. Cuando se desencadenó la señal de su nuevo estado femenino, todo tuvo la forma exacta de una nueva vida, comenzó a crecer de golpe: los pechos, las caderas, rematado por el alocado crecimiento de hormonas y piernas. ¿Dónde estabas guardada Lucia? Se preguntaba casi todas las noches, sin posibilidad de encontrar una respuesta.
Descubrió muchos años después, una fotografía que le hicieron en aquellos tiempos; parecía enojada.
Cada noche, mientras se daba un largo baño, se preguntaba qué era realmente la vida. Hasta el día que conoció a Ramón.
Había llegado, en ese entonces a la conclusión que lo que quería era diferenciarme de ellos, de sus padres. Fue cuando decidió aceptar las consecuencias. De haber sabido entonces todo lo pasaría después, ¿qué habría sucedido? Nunca pudo saberlo.
Un día poco después de cumplir quince años, su padre la invitó a cenar a un restaurante. Mientras comían unos tallarines impregnados en ajo y tomate, el padre dijo que la madre era estaba muy triste por la poca sensatez que ella, su hija, demostraba, en cada uno de sus actos.
Aún se pregunta lo que contestó entonces. ¿Qué habría dicho, en realidad? El recuerdo consiste en imágenes de su madre llorando porque ella no era lo que esperaban, por la tozudez que mostraba ante las explicaciones lógicas que le daban sobre la vida.
Un día escuchó que ellos discutían sobre si era conveniente que ella fuese a ver un psicólogo o no. La discusión terminó cuando la madre se puso a gritar que su hija no era anormal y se encerró en el dormitorio, cosa que solía hacer cuando las cosas se le ponían en contra.
Sino no hubiera sucedido lo que sucedió, la vida se habría desarrollado según el plan establecido.
Cuando el sol comenzó a descender, casi todos los puestos prendieron sus luces.
Nieves no volvió sobre sus pasos, caminó presurosa hasta la avenida para encontrase con Rafael, que era su novio. Los pensamientos la abrumaban, hubiera preferido quedarse al lado de la mujer, preguntarle si había podido colgar el cuadro, decirle que le gustaría tomar un té con ella. Antes de cruzar la calle, giró su cabeza pero ya no la vio. Rafael al verla, dijo:
-¿Estás sola?
Ella se sonrío apenas:
- ¿Porque me preguntas?
Porque parecía que alguien viniera detrás tuyo.
Unas niñas pasaron corriendo y se perdieron en la esquina.
-No venían conmigo- dijo Nieves.
Rafael la abrazó y juntos caminaron hacia la casa.
Ella se sentó, callada; su mirada se pierde en el cielorraso, y luego habla, despacio con cierto temblor.
- A esa mujer le gustó el cuadro, es una mujer muy especial me parece.
El no dijo nada.
-¿La viste?
- No.
Ella se acerca y lo besa.
-Te quiero- dijo.
Amador era un heredero y trabajaba de ello. Cada mañana salía a reunirse con su administrador, y por las tardes se pasaba horas ordenando su colección de trenes eléctricos. En lo que había sido la despensa, había armado un escenario con montañas hechas de papel maché color verde, pequeñas estaciones y vías que subían y bajaban en zigzag; durante años allí se pasaría las horas, haciendo marchar los trenes de lata a toda velocidad, mientras emitía sonidos guturales para acompañar el sonido de la locomotora.
Antes de que Lucia se durmiese, venía a sentarse un rato en el borde de su cama, para quejarse del estado de ánimo de la madre. Siempre decía que le tenía mucha pena, que nunca quería jugar con él, algo que a ella, le costó entender hasta que pasó lo que pasó aquella noche que tuvo la pesadilla.
Creció entre llantos y risas, discusiones y borracheras y trenes eléctricos que machacaban su cerebro cada tarde. Durante años soportó un padre que se empecinaba en hacerle creer que aun era una niña, a pesar de que había crecido lo suficiente como para que no quedaran dudas que ya fuera una mujer hecha y derecha.
Sus padres no parecían darse cuenta quién era ella; no sabían que mentía cada vez que salía a la calle. Cuando el padre volvía de alguna reunión o del club, la madre le contaba que casi no la había visto a la hija, que la dejaba sola todo el día, que sospechaba que no andaba en nada bueno.
Entonces, él se precipitaba a su cuarto, para sentarse al borde de su cama y acariciarle el pelo, mientras le pontificaba que fuera una niña buena, que no hiciera sufrir a su madre. ¿Habrá algo que haya odiado más que esa escena de cada noche, de su padre pontificándola? Cree que duramente muchos años no hubo nada que odiara tanto.
Había sido un día ardiente.
El verano se había presentado duro este año, recuerda.
Al final, un día hizo lo que él quería: lo acompañó a lo de un colector de trencitos eléctricos, que vendía su colección porque alguna razón que ya no recordaba. Amador formuló exuberantes y complicadas preguntas sobre el uso de las maquinas, de cuánto tiempo las había disfrutado, y muchas idioteces más, hasta que al final se decidió. Ella, se dedicó a husmear todos los adornos que también estaban en venta. Había aprendido a reconocer las antiguallas cuando acompañaba a su madre y a su tía a los remates, ya que las dos eran fanáticas de las cosas viejas.
Después de varias horas, se fueron con una caja de cartón tan grande, que apenas entraba en el asiento trasero del auto.
Era la primera vez que vio a su padre regatear un precio para después sacar tantos billetes de su bolsillo. Cuando regresaban, Amador la miró con una sonrisa extraña y de pronto, le pregunta qué había pensado hacer con su vida. La tomó tan de sorpresa, que no supo que contestarle.
Es que tampoco ella lo sabía. Le habían obligado a estudiar para maestra en una escuela desagradable con monjas aburridas y mucho más ignorantes que ella; se consideraba una chica curiosa e interesada en saber lo que el mundo le ofrecía, se creía mucho más inteligente que el resto de sus compañeras que no se permitían reflexionar sobre la vida.
Siempre trataba de estar atenta, para que no la descubrieran que no había estudiado la lección y que inventaba lo que no sabía. Cada día ponía a prueba su habilidad para sobrevivir en ese mundo pequeño y estrecho donde era imposible imaginar un horizonte más allá de las escalinatas del edificio.
- Ya sos una señorita- dijo Amador. Pronto deberás empezar a pensar en tu futuro. Sería bueno que fueras pensándolo.
- Yo quiero ser yo- dijo ella.
Recuerda que contestó con total seguridad, pero nunca pudo recordar cuál fue la repuesta del padre. Le gustaba imaginarse que osciló entre la decepción y el alivio.
Llegaron a la casa en total silencio.
Por momentos le gusta rebuscar entre los recuerdos remotos de la vida familiar, para ver por donde fue todo aquello que ella era. Hasta que la memoria se detiene en aquel día en que tuvo una revelación repentina; algo que nunca había esperado que sucediera.
Pese a que el padre se sentaba todas las noches al borde de su cama, siempre lo había sentido distante. Pero, esa noche tórrida de verano, lo sintió cerca. Percibió ese olor agrio que tanto le disgustaba cuando le daba un beso. Estaba acalorada y molesta por su cercanía. Le resultaba desagradable tenerlo frente a ella, con su aliento acido que se mezclaba con el olor a tabaco que emanaba de su ropa.
Veía su boca en movimiento, que decía algo que ya había escuchado un millón de veces, pero esa noche lo sintió tan cerca de su cara, y de pronto se imaginó la escena de aquella noche en que lo vio con otra mujer en la cama matrimonial.
Reaccionó con furia. En un segundo descubrió su fuerza y la indefensión de su padre, frente a la rabia que surge de su cuerpo tenso. Con las piernas atacó su barriga apenas cubierta con un calzoncillo blanco y fue en ese instante que decidió su futuro.
¡Te voy a matar! Gritó.
Amador miró absorto, como si despertara de una alucinación. Pero ella lo odiaba y eso, ya estaba instalado en su cuerpo.
Nunca pudo recordar como siguieron los minutos, sólo escucha a la madre llamándolo. No recuerda nada más.
Al día siguiente se fue sin desayunar a la escuela.
Cuando regresó por la tarde, Inés estaba sentada en un sillón del dormitorio: algo que indicaba que se sentía enferma.
-Tu padre está muy disgustado contigo- dijo.
-¿Está disgustado conmigo, porque no dejé que me violara?,- gritó Lucia, aunque quería haber dicho “torturarme”.
Enseguida entró el padre, que estaba en el baño, y sin mediar una palabra, le dio una cachetada.
En ese instante, su deseo cobró forma. Jamás pensó que fuera de esa manera. No es que quería seguir al lado de ellos para siempre, pero nunca había imaginado que su vida pudiese girar así de un día para el otro. Después de esa noche, se hizo la promesa de vengarse de todo hombre que pasara por su vida
***
Todos los sábados a mediodía, Lucia Ortiz caminaba hasta un pequeño restaurante del centro. Elegía siempre una mesa cerca de la fuente con peces rojos que estaba en el fondo del salón. La decoración en diferentes tonos de verde que chocaban entre si en una absurda combinación con los manteles azules, le producía la sensación de estar en un parque de diversiones. Desde aquella ubicación al lado de la cascada de agua que caía sobre los peces de colores, Lucia se entretenía en observar la gente que entraba en bandadas heterogéneas. Cada vez venía a su mente la misma reflexión: esto es como estar en el Café de mi barrio, si me quedo mucho tiempo veré pasar por aquí todo el pueblo; le gustaba esa sensación.
También le gustaba el ambiente contradictorio, la comida tradicional, el fragor de los mozos, el volumen de las voces cuando el lugar estaba completo. Las risas, los saludos que iban de mesa en mesa, el descorche de las botellas de vino; los turistas que llegaban de la capital y actuaban con la arrogancia que los distinguía. Observaba los ropajes que diferenciaban a los jóvenes, desaliñados y semi desnudos pegados a sus celulares; los patrones de campo y sus peones con la misma apariencia a pesar de que unos llevaban casi siempre chalecos y otros bombachas y alpargatas; los nuevos ricos con sus joggings y zapatillas exuberantes, luciendo su poder económico en cada abalorio, en la manera de llamar a los mozos.
Distraída con el ir y venir del gentío, Lucia acomodó lentamente su pelo detrás de la oreja. Recordó de pronto, que eso era algo que nunca le había gustado a su madre - No se toca el pelo en la mesa - advertía.
Levantó la vista y observó que en una mesa cercana, una muchacha hacia el mismo gesto, el mismo movimiento y enseguida escuchó las mismas palabras de la mujer que la acompañaba - No te toques el pelo en la mesa. Sintió como en un destello antiguo; observó con más atención y reconoció que era la muchacha que le había llevado el cuadro.
La imagen de la niña tocando su pelo en la mesa de al lado acarreó las imágenes viejas.
Tenía diez y ocho años cuando abandonó el intento de encerrarse en un convento y comenzó a prostituirse por puro gusto.
Para esa época, ya sospechaba que su madre, también tenía un amante.
Con el tiempo, minuciosamente elaboró un plan para cumplir con su objetivo, con absoluta premeditación.
Ese día, llamó a Amador por teléfono, para comer juntos y conversar sobre lo que le pasaba a ella, y él aceptó. Se encontrarían en la puerta del restaurante a las nueve de la noche.
Llegó un rato antes y buscó una mesa lejos de la ventana. Tenía en la cartera una cajita de lata con el polvo exterminador ( un veneno para ratas que había robado de la caseta del jardín de su amiga Marga). Estaba nerviosa cuando lo vio llegar con ese aire altanero que ella ya no soportaba.
¿Cuanto tiempo había pasado desde aquella época previa al infierno... Aquella época de la niña, curiosa y despreocupada, con el pelo brillante y sedoso que se movía rebelde sobre sus mejillas redondas, que ella automáticamente lo empujaba detrás de su oreja?
Había borrado todo aquello de su memoria, para poder vivir en paz, pero, las imágenes vuelven de pronto, en esa noche en aquel ambiente tibio, repleto de voces conocidas ahora extrañas, frente a la escena recordada en la postura de la niña.
Levantó otra vez la vista y al encontrar en sus ojos, un reflejo de su propia mirada, volvió a colocar su pelo ahora gris, detrás de su oreja como se ése fuera un ritual necesario para salir de la niebla viscosa que la había invadido por un instante.
-¿Va a comer algo más? La voz del mozo la sacó de su evocación.
-Un café -dijo.
Estos flashes sueltos, fragmentos de su pasado, habían sido imágenes aisladas que hasta esa noche no se había animado a volver a examinar. Ella sabía muy bien que le hacia mal recordarlos, ahora que había encontrado un espacio nuevo para enterrar los fantasmas y todos los elementos que los acompañaban. También había sabido siempre que sólo aislándose del mundo que le había pertenecido, podría sobrevivir en paz con ella misma.
Cambió de postura, se puso erguida en la silla, y volvió a observar la escena; la niña también la miraba, parecía tranquila, mientras la mujer que la acompañaba conversaba con otra mujer de una mesa vecina; de pronto la muchacha tomó su celular, hizo un gesto y comenzó a escribir algo.
No podía imaginar como seria su mundo, la vida fuera de esa muchacha que le había traído el cuadro enmarcado aquella tarde.
Ella había vivido sola su historia, y había tomado sola la decisión de alejarse de lo que había sucedido, estaba conforme ahora con su vida, sin pensar demasiado en las figuras del pasado. Nunca había deseado volver a ser aquel personaje, a vivir aquellas anécdotas, ahora su voz interna era serena y su mente estaba apaciguada.
Era una mujer solitaria, con el corazón vacío y ningún lugar al que volver. Si lo hubiera sabido a tiempo, jamás se hubiera convertido en aquella muchacha enloquecida, no se lo habría permitido si por un instante hubiera reflexionado sobre las consecuencias emocionales de su represalia.
Lucia aún no alcanzaba de entender. Aquello que no habría previsto era lo que le ocurría en aquel restaurante calido y estrafalario, frente a esa muchacha que le hacia de espejo acarreando imágenes, y recuerdos, desde aquella mesa junto a la pecera.
Ese día tuvo ganas de ir hasta el negocio de los marcos, algo en ese lugar recordaba una parte de su vida.
Si trataba de repasar como fueron los hechos, ella diría que lo primero que recuerda es una noche húmeda y oscura, la lluvia. La ciudad olía a basura mojada, a asfalto empapado. Recuerda que estaba muy nerviosa; por primera vez, su nuevo novio, la invitaba a comer a su casa para presentarle a su padre.
Tocó el timbre y esperó a cubierto de la marquesina que le bajara a abrir; llovía fuerte y el viento comenzó a arremolinarse en la vereda. Por el cristal de la puerta siguió a Ramón con la mirada, mientras venia hacia ella por el pasillo apenas iluminado. Quizás fue en ese instante que lo vio más fuerte, más hermoso; sintió un aleteo en el pecho mientras abría la puerta. Como lo amo, pensó.
-Mi padre está ansioso por conocerte, ha traído uno de sus vinos favoritos-, dijo Ramón, mientras subían en el ascensor.
No fue en ese instante que perdió la cordura. Al principio fue el ensueño, la equívoca ilusión de que estaba tan entusiasmada de casarse con Ramón que el hechizo se expandía por todo el ambiente, sin poder comprender bien que le sucedía.
La memoria la lleva lejos, le hace imaginar los instantes luminosos de ese entonces, cuando aún no estaba envuelta en la locura, cuando aún no se había sumergido en la obsesión.
El amor puede nacer de una mirada, de un gesto. Uno no se puede resistir a la felicidad, piensa.
Una vez, no recuerda ahora las razones, discutieron muy fuerte con Ramón; se lastimaron con las palabras, y ella comenzó a llorar. En ese momento llegó Salvador y preguntó que sucedía; discusiones de novios, dijo Ramón, mientras iba hasta la heladera en busca de una cerveza.
Es muy fuerte la sensación de aquel instante en que se quedaron solos. Salvador se acerca y le acaricia los brazos mientras la consuela con palabras tiernas de padre.
Después de cenar, Ramón se quedó dormido en un sillón. Salvador y ella, se encontraron, de pronto, frente a frente, despiertos. Así empezó todo; en ese mismo instante, sólo con un cruce de las miradas. Él no dijo nada ni ella dijo nada.
-Yo te llevo, propuso Salvador, ella murmuró que no, que prefería irse con su novio. No quiso volver a mirarlo.
Ramón automáticamente abrió los ojos: perdón estoy molido. Vamos, dijo.
No hablaron en todo el trayecto. Tomados de la mano atravesaron las pocas cuadras que la separaban de su casa. El corazón le galopaba con una confusión muy difícil de soportar.
Fue en ese momento, o quizás un poco después, cuando comprendió que se había enamorado de Salvador sin remedio.
Otra vez, otra noche, estaba sentada en silencio junto a Ramón, cuando sus ojos recorrieron las fotografías que había en la biblioteca y sin quererlo se detuvieron en una en particular. Una imagen de Salvador muy joven y apuesto, con su sonrisa inigualable, el brazo alrededor de una muchacha que apoyaba su cabeza en el hombro de él, frente a un paisaje de sierras y cielo azul, radiantes y esa felicidad le dolió. Sintió una punzada en el esternón que la tomó de sorpresa, le dolió de repente ese bienestar tierno, perfecto y ajeno. Una sensación inexplicable, frente a la certeza de que aquel hombre sería de ella y que ella seria de él.
Quizá nunca se hubiera acercado a Salvador en otras circunstancias, no habría intentado seducirlo, ni mirarlo siquiera; nunca hubiera sucedido lo sucedido, si el destino no los hubiera enfrentado de esa manera tan distraída, tan inocente.
Fue una atracción fatal que la encadenaría para siempre, al sentir un aleteo en el pecho cuando las miradas se encontraron, una inexplicable sensación que se repetiría cada vez que lo recordara.
No era posible... ella iba a casarse con su hijo.
Aquella noche, cuando volvió a quedarse sola, Lucia recordó de pronto una escena: ella recostada contra el muro del patio de la casa, poco después de haber tomado la decisión de irse. Hacia mucho calor. Había cerrado los ojos mientras lágrimas inoportunas corrían por su cara. Ante ella estaba Ramón, recién lo vio cuando se acercaba y la tomó de los hombros.
-¿Qué te pasa?
Lucia no respondió, no pudo.
Él no preguntó nada más.
Llegó a una conclusión a la que habría preferido no tener que llegar: el terrible final de aquella historia de su vida, la fantasía que ella había elaborado, la absoluta obsesión de tantos años, el misterio de haberlo dado todo, hasta la última gota de sus sentimientos, algo que la había dejado seca, vacía sin otro objetivo que escaparse, todavía se le erizaba la piel al recordarlo. ¿Qué me pasa cuando veo a esa chica? se dijo.
Se le había renovado el miedo a volver a pensar en aquello, en volver a recordar, después de haber estado tan obstinada en olvidarse. Pensó que el paso del tiempo le había demostrado que podía ser otra, pero a partir de aquella niña ajena, el único sentimiento que afloraba era el de no caer en la tentación de volver a la melancolía.
Me imagino a la felicidad como una mariposa que aletea del terror, cuando siente que la tomaron por las alas, dijo Salvador, con irónica sonrisa. Y, a ella le fascinó aquella contradicción.
Jamás olvidaría aquella noche.
Salvador los había invitado a cenar a la casa de unos amigos que había conocido en Francia; gente que ella no conocía.
Vayan ustedes, había dicho Ramón que estaba con gripe.
En esa noche fría del mes de julio, rumbo a la cena, Salvador le cuenta su "affaire" con la mujer del anfitrión. Dice que él es un hombre capaz de inventar el mejor momento de la vida, pero también de convertirlo en el más miserable.
-Necesito la felicidad inmediata de quien está conmigo, la exijo, no pido demasiado a cambio, sólo sentirme feliz por un rato, dice.
Ella pensaba en esos tiempos, que su inseguridad él la disimulaba con su enorme generosidad, intuía que no era un hombre feliz.
En esos días, le atropellaban los sentimientos confusos, las emociones contradictorias hacia ese hombre que era el padre de su esposo; se odiaba por no poder contenerse, por no poder serle fiel a su marido, por traicionarlo con su padre; pero la atracción era mas fuerte que la voluntad; cada vez claudicaba ante su presencia o temblaba de deseo al escuchar su voz en el teléfono.
En aquel tiempo ella aún no sabía lo de la madre.
La vida era para gozar de los placeres, dijo Salvador, ante el silencio de ella.
Lo imaginaba en la cama de esa mujer rubia, en la campiña francesa, mientras ambos engañaban a sus respectivas parejas. Ella en ese instante, sintió que había pasado a ser un objeto de su felicidad, supo que él quería todo y también a ella.
Le va contando la historia mientras conduce el automóvil por las calles anegadas por la lluvia .
Cuenta que la mujer de su amigo y él, seguían siendo amantes, pero que eso no iba a modificar la relación con ella, ahora muere por ella, por su pequeña Lucia, que la otra es sólo una vieja historia. Lo recuerda con la mano sobre su muslo mientras estaciona su automóvil frente a la puerta de la casa; sonríe mientras la besa en la boca para sellar el secreto. Ella siente rechazo, le atrapa una cierta tristeza e inmediatamente después se baja del coche y se olvida, cuando ve las luces del comedor y escucha voces alegres y vasos que tintinean. Le hubiera gustado que el tiempo se quedara ahí para siempre, como en esa noche en casa de sus amigos, cuando descubre la exuberancia de cada instante, el placer, la sensualidad genuina.
Cada vez que recuerda esa conversación en el automóvil, en medio de la lluvia, piensa que aquella fue una confidencia innecesaria,perversa.
Esa misma noche, al regresar, después de conversar un rato con Ramón, sobre comentarios de la cena, pequeños chismorreos sin importancia alguna, él entonces, dijo que se cuidara de Salvador, que era un hombre incapaz de querer a nadie, que no se dejara engañar por sus ademanes de seductor. Ahora ella recuerda que se había reído de sus prejuicios, recuerda que le juró que nada tenia ella que ver con las manías de su padre, que era un hombre parecido a su propio padre, y éso era algo que ella rechazaba. Después Ramón le acarició la cara.
- Sos una mujer noble- dijo.
Ese momento hubiera sido la oportunidad de su vida para terminar con Salvador, para olvidarlo, dejarlo. Pero no pudo hacerlo.
****
Un domingo, cuando se disponía a hacer su paseo por la orilla del mar, se descargó inesperadamente una tormenta; de ponto llovía tanto, que el sendero que llevaba a la avenida principal se convirtió en un arroyo enloquecido.
Esperó un poco a que cesara el diluvio, se puso las botas de goma, la capa amarilla de hule y comenzó a caminar hacia el centro.
Tomo un café en un bar cerca de la rambla, compró medialunas y pan y emprendió el regreso; el pueblo estaba desierto y la llovizna le impedía ver mas allá de si misma.
Al volver a su casa se encontró que el escalón de la puerta de entrada, esperaba la muchacha.
- Hola.
-¿Qué haces aquí?- preguntó Lucia mientras abría la puerta.
-Es que llueve mucho-respondió la niña
- ¿Te gustan las facturas?-preguntó.
-Me encantan.
Entra entonces, preparé un té.
Nieves la siguió en silencio.
No fue por el asombro de verla otra vez, ni el cansancio que le producía el día lluvioso, ni siquiera el fastidio de sentir invadida su soledad; fue esa sensación que retornaba, no podía definir que era y eso la estaba confundiendo. En una fracción de segundo volvió a examinar a la muchacha y decidió que era un espejismo, un error de su imaginación.
Dios mío, se dijo, sólo son fantasías mías.
Aquel otro verano está grabado aún en su cabeza.
Era de noche…era otro lugar, otra playa otro mar, era casi de noche.
El perro caminaba delante de ella, corría a veces y se mojaba en la orilla. No había nadie, el sendero que zigzagueaba entre las dunas estaba desierto. Algunas voces se escuchaban a lo lejos.
Salvador se acercó caminando lentamente, el perro lo reconoce y el lo acaricia.
-¿Qué haces por acá a estas horas vos solita?
Ella se detuvo y sonrió sin contestar. Caminaron juntos hasta la calle que bordeaba la playa.
-No hay viento, dijo el hombre.
Se oía el ruido de las olas que rompían serenas.
-No está bueno que nos encontremos aquí- dijo ella.
-Nadie tiene que saberlo- contestó Salvador.
-Ramón debe de estar todavía en el club, quedamos en ir a cenar a tu casa- dijo Lucia.
Él la abrazó y ella se apartó.
- Tengo miedo- dijo.
-Entonces no vengas- dijo el y volvió a abrazarla.
Lucia caminó ligero y a lo lejos, en el espesor de la bruma cruzaban varias personas conversando y riéndose en medio de la noche.
Ellos se miraron; esperan que se alejen.
El primero en acercarse es él y ella no se mueve, tiembla de los pies a la cabeza, no se puede contener, es más fuerte que ella, lo que siente por ese hombre, el padre de Ramón, su novio. Su corazón galopa cuando comienzan a besarse.
Por un largo rato no ocurrió nada, sólo el ruido del mar. Luego, la mano de Salvador la acaricia, esta tibia y ella lo deja hacer.
Acaricia su cuerpo entero con una suavidad que la excita, una especie de sensación exasperada de que aquello continúe. Ella temblorosa, no soporta más el deseo que la calcina.
Mas tarde reanudan la marcha hacia la calle en silencio, rodean el boulevard y evitan llegar juntos al centro.
-En un rato voy para la allá- dice Lucia, llama a su perro y se pierde en la espesura de los arbustos que rodean la casa.
Cuando la desesperación y la rabia se apoderaban de de ella, de manera casi brutal, pensaba en la posibilidad de acabar con su vida. Pero nunca lo intentó. La cobardía fue siempre una buena compañera. Entonces, como ahora, pensaba que la vida la ponía a prueba para hacerse fuerte y no caer en la tentación de ser blanda y compasiva con la gente que la rodeaba.
****
¿Qué hacer cuando el futuro se ha apagado? No queda más que vivir el presente y nada más. Había atravesado un purgatorio, y aun quedaban cicatrices. Antes estaba fastidiada con su cuerpo, con su propia alma enferma, se sentía vacía y envejecer la angustiaba, hasta que tomó la decisión de irse.
Y hoy por hoy, nadie ni nada la harán retornar, pronto se olvidarían de ella.
Lucia se ha quedado todavía un largo rato en el pequeño jardín, se ha quedado mirando el azul profundo del cielo, que se ha ido transformando en negro, mientras se escuchan las risas de muchachas en el sendero detrás de los arbustos.
La juventud de las voces le produce escalofríos; aquellas cosas que amaba tanto han desaparecido. Muchas otras han sido olvidadas.
Esta tarde mientras caminaba por el bulevar del centro, la niebla escondía el cielo enrojecido; era como caminar por una terreno extraño donde nada era lo que parecía.
Destellos apenas de seres que iban y venían, voces, risas, repitiéndose hasta el infinito; fantasmas vivos que caminaban por el bulevar; era un momento presente detrás de la bruma tornasolada que llegaba del mar. En el pasado se había ilusionado con proyectos, con planes futuros; ahora el tiempo había amortiguado las sensaciones.
De pronto el golpeteo de unas manos la hizo reaccionar; se levantó de la silla de lona y caminó hasta la puerta de alambre que separaba su jardín de la calle.
- Es difícil encontrar la entrada, dijo tímidamente la muchacha.
-¿Que haces por aquí a estas horas?
-Volvía a casa y pensé en saludarla.
El silencio inundó el espacio.
-Pasa y tomaremos algo.
La noche se presentaba tibia y estrellada, preciosa. Lucia trajo una botella de vino y dos copas. Se sentaron en unas sillas de lona que había en el jardín.
-Recuérdame tu nombre- dijo Lucia, mientras le servia un poco de vino.
-Me llamo Nieves, pero odio mi nombre.
-Es precioso.
-¿Le parece? Creo que mis padres pensaron que seria pálida y débil.
- Y eres una muchacha fuerte y morena.
-Bueno, la verdad es que no me gusta mi nombre.
Lucia vio que la miraba a través de las lágrimas.
- Tenés frio?-le pregunta, la sorpresa era total.
Nieves no la mira, sólo tiembla un poco.
-No.
Lejos, se escucha el mar, algunas voces, el croar de algún sapo.
Lucia vuelve a mirarla; la muchacha llora.
-Mi novio se ha ido.
-¿Adonde se ha ido?
-Creo que me ha dejado.
-No sabía que tenías novio. Eres muy joven.
-Tengo diecinueve.
-Pareces una niña.
Nieves levantó la cabeza y Lucia descubrió en sus ojos una luz distinta. Un brillo melancólico que la hizo sentir incomoda.
¿De dónde saliste, Nieves? ¿De qué recóndito lugar del mundo apareciste? Las preguntas flotaban en su cabeza mientras posaba sus manos sobre la mano de ella.
-Tus manos están heladas.
La muchacha levantó sus manos, las ocultó entre su buzo y dijo:
-Usted también está sola.
-Si, pero ya he vivido mucho.
Lucia no quería seguir con el tema.
-Entremos que ha refrescado- dijo.
Ella no se movió, no la miró, permaneció estática en la silla de lona.
-En serio Nieves, es tarde, otro día charlamos con más tiempo. Estoy cansada.
La muchacha después se levanta, la besa en la mejilla y dice:
- ¿Mañana puedo ayudarla a colgar el cuadro?
Después amainan los sonidos el mar se calman los sonidos de la noche. Arriba, en el cielo, se aventuran las estrellas a titilar como luciérnagas.
No es en vano que una mirada sobre aquel tiempo, la llena de confusión, de tristeza... Cuando revisa su vida, retorna siempre a aquellos momentos en particular.
Fue en ese verano, que coincidieron con Salvador en el balneario, recuerda… cuando comenzó el infierno. Hay otra imagen aun mas viva que recuerda ahora, después que se ha ido la muchacha.
Estaba tendida al sol, cuando lo vio llegar.
-¿Has vuelto?
A la orilla de la mar, la gente camina, se ríe, grita, pero para ella no hay otro ser viviente que él.
-En la ciudad he pensado en vos toda la semana-dijo Salvador sentándose a su lado. Su voz era suave y a su vez áspera.
-Creí que no vendrias.
- Pero aquí estoy; vine con Ramón.
Ella señala a una figura que ve a lo lejos.
-Allá viene- dijo ella.
Él tocó su brazo, y dijo:
-Quiere casarse contigo.
-¿Te lo dijo?- preguntó ella.
-Está muy enamorado, dice.
La mirada de ella lo atraviesa, penetrante, oscura. Salvador continúa mirando hacia el mar.
-No puedo - dice ella.
Él la mira, sólo la mira.
Ella repite:
- No puedo ahora.
-Será bueno para todos que ustedes se casen- dice Salvador. Su voz suena firme.
Ella tardó en responder.
-¿Me amas? -la voz era baja.
-Sí. Pero eso no hace a esta historia.
Ella no dice más nada.
Mucho tiempo después ella recordaría esa escena, recordaría el vaivén de la gente allá abajo, a la orilla del mar.
¿Era el atardecer?
Ahora cree que sí.
Era el atardecer, cuando la encontró sentada a Nieves en el escalón de la entrada a la casa.
-¿Ah estabas aquí? venía distraída y no te vi.
-¿Le he contado que me quiero ir?
El sol se había ocultado.
-Entremos y me lo contás -, dijo Lucia, mientras abría automáticamente la puerta.
Su rostro tiene huellas de cansancio, de dolor, aunque hay un gesto sonriente en su boca.
Lucia se sentó cerca de ella en un sillón del living.
¿Adonde te querés ir, muchacha?
Ella le cuenta que se ve con dos personas. Pero está enamorada de solo una. Ésa es la realidad y ninguno por ahora lo sospecha. Los dos dicen que están enamorados de ella, pero a ella sólo le importa el que jamás podrá ser de ella sola.
Nieves hablaba sin pausas, en tono bajo, sin mirarla, nadie sabe nada y es la primera vez que se lo cuenta a alguien, le confiesa.
-Supongo que no puedes hacer nada ¿verdad?
-Nada.
Nieves sigue hablando sin advertir que Lucia se había levantado a prender una luz y a traer un vaso con vino.
-¿Por qué me lo estás contando a mi?
Se hizo un silencio; la muchacha se volvió hacia ella y dijo:
-No estoy segura, creo que usted me da confianza, la quiero mucho- se refregó los ojos sin mirarla y continuó: hoy he estado todo el día pensando.
-¿En qué?
- En, irme donde nadie me encuentre, en matarme - dijo.
Lucia se incorporó lentamente del sillón, se acercó a ella y la hizo levantarse.
Vení, vamos a caminar un rato, las ideas se ventilan al sereno de la noche.
Se había perturbado con las palabras de Nieves, estaba molesta, incómoda, porque volvió a ver el pasado en su totalidad.
¿Entonces es inútil la muerte? Ironizó Lucia.
Ella se sorprendió de su propio fastidio.
-¿Cuál es la diferencia, entre la muerte o irte lejos donde nadie te encuentre?
Nieves entonces, comenzó a sonreír. Hubo un mínimo cambio en su rostro.
- Al menos te saqué una sonrisa…basta de pensar en cosas trágicas Nieves, aun tienes toda la vida por delante y ningún hombre se merece que uno se mate por el.
- Es un amor imposible.
Lucia trató de responder pero no encontró las palabras.
Sólo pensaba en el amor, en el odio. Eran pensamientos confusos. La realidad es que la muchacha no sabía que hacer con su vida y aún no sabia que el amor empeoraba todo y ella esta cansada y no quería escucharla. Intentó acariciarla, pero no pudo.
Su mirada se distrajo al otro lado del ventanal, aunque no estaba mirando nada en especial, cuando vio que Nieves se sentó de nuevo.
-Siga mirando-dijo, sólo déjeme quedarme acá hasta mañana.
-No. Ahora estoy muy cansada. Si aun estas viva, volvió a ironizar, vení mañana por la tarde y me ayudas a colgar el cuadro.
La abrazó con fuerza y ambas caminaron hasta la puerta.
No pudo dejarlo ni siquiera cuando se avecinaba el final, cuando había comenzado a medir el tiempo por los días que no se veían fuera de los encuentros familiares, que eran cada vez más, y sus falsas excusas de las reuniones inexistentes y los atascos en el tráfico.
Una noche habían quedado en encontrarse en el lugar de siempre; en donde ya la había dejado plantada varias veces, ese recuerdo atravesó su espalda como si fuera una espada, Dios mío, se dijo, porqué ahora vienen estos fantasmas? se dijo, mientras el mozo de siempre le ponía por delante el plato con la tortilla que había pedido.
No entendía bien lo que le estaba ocurriendo, pero no le gustaba, y sin embargo no podía dejar de rememorar esos día en que había empezado a disfrutar de sus propias miserias, recordó que había empezado a gustarle el desafío de los plantones y de las cancelaciones, el relamerse las heridas, a gozar un poco con la idea de sus excusas como si fueran una anestesia para el sufrimiento de saberse engañada.
Por ejemplo, jamás olvidaría aquella noche, cuando apareció con una hora y media de retraso con una excusa ridícula de tan repetida- no me largaban de la reunión- ella ya se había bebido dos copas de champagne y había terminado con la picada. Pero llegó, y el mozo se acercó a preguntar si tomaría lo de siempre y Salvador dijo que sí, mientras se sentaba sin siquiera mirarla. Estaba agitado, pasó su mano por la cabeza que era una señal de nervios y comenzó a hablar. Ella no escuchaba sus palabras, había algo en él que notaba distinto y mientras sus labios se movían, lo observaba intentando pescar las huellas. La miró fijo y le preguntó qué pensaba. Para ganar tiempo le pidió que le repitiera lo que había dicho. Con un gesto de impaciencia él volvió a repetir:
-Que he estado conversando con Inés.
- ¿Y qué has hablado con mi madre?
- De todo y de nada. Ella quiere que vayamos juntos de viaje.
-¿Y porqué?
-Tu madre y yo tenemos muchas cosas en común.
-¿Y qué cosas en común tienes con ella, recordó que hubo una pausa antes de continuar, más allá de mi y una historia vieja?
El repitió, “una historia vieja?” y en sus oídos sonó como una pregunta. Lo tomó de un brazo y lo apretó hasta el hueso. Vino a su cabeza aquel tiempo, de la inesperada muerte de su padre, y cuando supo que su madre tenia un amante. Descubrió en ese instante la macabra coincidencia de que había sido el mismo Salvador.
-Maldito! Recuerda que esto lo dijo casi con un grito y que comenzó a llorar, odiándose por no poder contenerse, pero ahora después de tanto tiempo, podía pensar que lloraría porque todo era tan feo, tan sucio que le aterraba.
Fue en ese momento que pensó que ella no quería vivir así, con la inseguridad insalvable de sus tiempos y de sus deseos. Salvador le atraía de una manera feroz, pero tanta ceguera la había llevado a esa situación confusa, maligna. Ahora lo recordaba con mucha pena, aquel tiempo tan parecido a la locura, cuando se imaginaba a su madre en la cama con Salvador y ella también.
Volvía la voz de él diciendo, “Por favor querida, no llores, te deseo desesperadamente. Te adoro, no pude controlarme, no puedo creer lo que he dicho, estoy agotado” Mientras la besa y trata de consolarla, queriendo quizás así, borrar lo que acababa de decir, decidió pedirle que no volviera nunca más, que desapareciera de su vida.
Pero más tarde, cuando su sexo reaccionó, se aferró de su cuello y lo dejó entrar en su cuerpo, jurándose que sería la última vez. En ese instante maldijo los momentos de cada día en los que había pensado que deseaba acostarse con él, su pensamiento recorrió ese tiempo del principio al fin, intentando descubrir algún resquicio de lo que ella había sido para su vida, y no encontró nada de aquella intensidad, de aquella mágica sincronización del primer encuentro.
Lucia caminó por la avenida rumbo al restaurante como cada sábado; tomó por una diagonal que bordea el club de golf y atravesó la plaza. De lejos vio llegar a una muchacha rubia vestida de blanco que levantaba la mano en señal de saludo.
-Hola señora.
-Hola.
La muchacha rubia llevaba una mochila que abría mientras hablaba.
-Ella me ha dado esto para usted- dijo y le entregó un sobre marrón.
Lucia la miró sorprendida.
-¿Sos amiga de Nieves?
-Si.
Ella abrió el sobre y leyó la pequeña esquela.
“¿Puedo quedarme en su casa unos días?”, decía el papel. Sólo eso.
-¿Por qué no vino ella? Preguntó Lucia.
- Me dijo que no se animaba.
-¿Donde está ahora?
-En mi casa. Está triste.
- Pensé que vivía con su familia.
La muchacha rubia se bambolea sobre sus piernas, como si estuviera apurada y le sonríe.
-Sí….pero se fue.
En el mismo tono ella dice:- no piensa volver. Antes muerta, dijo.
-¿Que ha pasado?
Ha habido una gran discusión con el padre, lo odia.
Lucia se pudo imaginar la razón de la pelea, pero no contestó; se había comenzado a fastidiar.
- Ahora no puedo contestarle. Decile que estaré comiendo en el “El Verde”.
La muchacha vio algo de violencia en la mirada de la mujer.
Ya en el restaurante, sentada en el lugar de siempre, cuando ya había encargado la comida, Lucia buscó el motivo de esa violencia que apareció sin avisar y se sorprendió de ella misma.
Como una escena esfumada de tan lejana la sorprendieron las imágenes, una vez más.
Fue en ese tiempo que sintió que él nunca estuvo enamorado, seguramente que ella lo cautivaba mucho, le atraía el hecho de acostarse con la hija de su amante, con la mujer de su hijo, eso lo motivaba y a ella también le producía cada vez mas vértigo y también deseos imposibles de soportar, si no lo veía.
Sólo un alma enferma es capaz de continuar con una relación así, pensaba en esos tiempos, mientras lo besaba y le dejaba hacer todo aquello que tanto le gustaba.
Desde esa vez, comenzó por un tiempo, una relación distinta, podría decir mas adulta, mas organizada; se sentía enamorada de alguna manera de su marido, la vida seguía su ritmo, no quiso tener hijos. Su trabajo en un laboratorio de investigación genética, ocupaban un espacio en su cuerpo y en su mente, era un buen dinero. Por un tiempo dejaron de encontrarse.
Pero, poco después de la noche en lo de "los franceses", como Salvador los llamaba, le volvió a decir que estaba loco por ella, y ella cínicamente le dijo que no lo amaba, pero que le atraía mucho, que se sentía muy mal muchas veces, que iba a tratar de ser fiel a su marido, su hijo, y él le contestó que eso lo podía soportar, pero que se moría si no la tenia, que entendía que él podría ser su padre, que todo era muy extraño. Esa palabra usó,"extraño"... ha pensado mucho en ese día.
Poco tiempo después, Ramón supo de su traición, y el hogar se hizo pedazos. La maldición llegó para instalarse en su vida.
Por primera vez sintió miedo, por eso dejó de ver a Salvador por un tiempo.
***
Otra vez, como tantas otras, Lucia bordeó el centro y se acercó hasta la playa.
Había mucho viento y la marejada estaba alta, por lo tanto volvió sobre sus pasos y tomó el sendero que llevaba hasta su casa. El espiral de los pensamientos la fastidiaba, se sentía invadida por la muchacha, y a su vez le producía una profunda pena, un sentimiento confuso, nuevo.
Lo que menos quiero en este tiempo es un huésped en mi casa, se dijo, mientras abría la puerta. Llamó a su perro y este no apareció. Otra vez estará comiéndose un pescado muerto, piensa.
Estaba a punto de sentarse a leer al lado de la ventana, cuando lo escuchó llegar revoleando el rabo. Excitado se acercó, metió el hocico entre sus piernas y volvió a salir corriendo hacia la calle. Algo quiere decirme, piensa Lucia, mientras se levanta para seguirlo.
Fue entonces que escuchó un grito. Alguien gritaba en medio del viento que soplaba con furia.
Seguía gritando y cada vez se oía más cerca; no se podía distinguir de donde provenía en el espacio entre la playa y la casa. Después vino el silencio de las voces en medio del vendaval. Lucia escuchó los pasos de gente que caminaba, no se han detenido, piensa, cuando ve por la ventana de la cocina a Nieves que ha levantado su brazo con un gesto infantil de despedida, luego se ha cubierto los ojos, y ha permanecido así algunos segundos, mientras el hombre ha vuelto la cabeza para mirarla.
La historia vuelve a su cabeza cuando escucha el grito, un poco antes de escuchar los pasos, antes de ver a la muchacha despidiéndose del hombre.
Otra vez la sensación de vacío aparece, al verla detenerse frente a su casa, con su brazo aún en alto. Sólo se percibe el movimiento del mar, el movimiento de la luz hacia la noche y el viento que ha desaparecido.
-Estoy cercada –dijo Nieves.
Lucia se acercó, y la estrechó contra su cuerpo. La muchacha comenzó a llorar.
La pregunta que va a hacerme ahora, no podré contestársela- dijo.
Pero Lucia no le preguntó nada, sólo la soltó, y entraron a la casa.
El mar se oía más lejos.
Su cara lucia amoratada, con un corte en el mentón. Me he caído.- dijo.
La imagen se presenta como una evocación petrificada en medio del sordo rugir del oleaje, en la noche fría y húmeda, ahora tan distante de ese día fatal en que Salvador la llamó por teléfono. Esto fue cuando se avecinaba el final, mucho después de todo, después de la muerte de Ramón, de la muerte de su madre, del rechazo de su familia.
- Te invito a almorzar a mi casa- le dijo.
Aceptó, no sabía porqué, pero aceptó.
Supo desde el principio que la relación con Salvador sería difícil, dificilísima.
A pesar de todos las razones que había para no caer al abismo, la atracción crecía a pasos agigantados y al correr de los meses la realidad comenzó a tornarse inmanejable; encuentros en recovecos inventados cada vez, para no ser descubiertos, tardes descolgadas del tiempo, con horarios acotados a las obligaciones personales, hacían que necesitaran exprimir al máximo los momentos en que pasaban juntos. Pensaba en ese entonces, que era un desafío y una paradoja el poder compartir muchos momentos familiares que acrecentaban los instantes de fascinante cercanía.
Sólo sabe que después que sucedió todo, ella se había blindado por dentro para no mostrar las grietas .
Ha pasado mucho tiempo, se decía aquel día para tranquilizarse, mientras camina por las veredas desconocidas, pero no el suficiente tiempo como para volver a sentir ese inexplicable temblor en el pecho.
Se preguntó si valía la pena ese encuentro, si serviría de algo volver a encontrarse, si valía la pena poner a prueba su fortaleza nueva, después de achatar el trasero en terapias larguísimas, pensaba.
La locura por Salvador se había convertido en pura intoxicación, en un derrotero hacia la ruina como son todas las adicciones. La relación se fue convirtiendo en algo filoso, obsesivo, arriesgado y quizás eso era lo que más la había atrapado, se sentía encerrada en esa obsesión.
Al principio de todo le atraían su conversación, su visión de la vida, sus historias de viajes, pero paradójicamente se sentía muy a gusto con los dos; cuando regresaba a su casa y volvía a la rutina sólo soñaba con casarse y tener su propia familia.
Sufro mucho cuando no lo veo- dijo Nieves cuando se sintió mas serena. No puedo soportar no verlo; es horrible, es como una obsesión. Lucia había ido en busca de hielo para ponerle sobre el ojo amoratado. Era la primera vez que la muchacha hablaba de su vida con ella.
-Quiero decir esto, Lucia, me da vergüenza pero igual lo voy a decir…Lo que siento por él, es algo separado del amor. Me confunde…lo quiero mucho a mi novio, me siento bien con él, pero con Manuel es otra cosa, es distinto. Es un deseo inmanejable, supongo que se llamará así, esto que me oprime el pecho cuando lo veo, que me hace temblar las piernas cuando nos encontramos. Si será eso...el deseo, la enfermedad del deseo, una enfermedad que solo te deja el alma rota, como dice mi amiga Nancy.
Lucia no contesta, sólo mira el reflejo del mar sobre el jardín, no quiere mirarla porque se da cuenta, que siente una amarga punzada de compasión hacia sí misma, mientras la escucha.
Había creído que ya había concluido esa sensación hacia mucho tiempo y que no habría de volver a sentirla nunca. Cada vez que le acechaban los recuerdos, los espantaba con movimientos domésticos, salía al jardín a mirar el cielo o continuaba leyendo el libro que tenia entre manos, se servia una copa. Ese rito solitario, cada vez más cotidiano, se había convertido en el mejor momento de muchas de sus noches.
La muchacha continuó contando:- Él nunca dice que me ama, dice que yo soy su obsesión, siempre usa la palabra obsesión.
Ahora le tocaba a ella escuchar la historia de Nieves, escarbar quizás en su conflicto íntimo, decir la palabra adecuada, comprensiva, pero no podía reaccionar igual frente a su propio espejo ya archivado después de tantos años.
Tenia que responder ante el silencio de la muchacha, aunque no tuviera ganas, de remover fantasmas propios, aunque pensara que esa situación la fastidiaba mucho, que esa chica era como una intrusa; sentía ganas de echarla de su casa. Pero algo invisible la hacia escuchar sin interrumpirla.
Lucia piensa que es su deber, al menos no dejarla ir en ese estado de confusión que percibe en su relato y en su ojo amoratado.
- Cuéntame la verdad,¿quien te hizo daño?
-Nadie. Tropecé y me caí- miente.
-¿Tenes hambre?- pregunta Lucia para salir de la incomodidad.
-Si! ¿Como lo sabe?
-Y…más sabe el diablo por viejo que por diablo…
Con las risas se rompió el instante.
El primer día que se encontraron Salvador y su madre, fue poco antes de la boda. Al verlo, Inés se mostró asombrada y dijo que no se había imaginado nunca que Ramón fuese su hijo, que los apellidos eran muy comunes, que había pasado tanto tiempo que ni siquiera lo recordaba. “Yo jamás podría olvidarme de una mujer bella”, había repicado Salvador, mientras volvía a abrazarla; todos reían. Inés entonces, contó que se habían conocido en la juventud; habían bailado varias veces en alguna fiesta y hasta tuvieron un romance efímero; dijo que cada cual se casó en diferentes tiempos. Inés hablaba sin pausa, con sonrisas y guiños de complicidad. Lucia se había sentido muy incomoda, Salvador parecía perturbado.
Después de aquel encuentro, no se mencionó más el asunto, el tema era los detalles de la boda, y cada tanto se juntaban para una comida en familia.
Durante mucho tiempo, no pudo pensar en nada, no se acuerda haber sospechado nada.
Mientras comen Lucia la observa, la oye. Son oleadas de palabras, palabras, llanto, risas. Se miran por un rato en silencio y entonces la muchacha toma un trago del vino que le sirve Lucia y dice:
-Creo que voy a matarlo. Cuando lo dice, sus ojos se achinan y su cara se vuelve granate. Ella repite: voy a matarlo con veneno para ratas.
-¿A quién?
-A Manuel. ¡Nadie debe saberlo, por favor!! Sólo confío en usted!
-¿Estas loca?
- Creo que si.
-¿Que vas a conseguir con eso?
- Dejar de sufrir.
- Así no dejaras de sufrir.
Nieves no contestó nada, terminó el vino y se recostó en el espaldo de la silla
Conserva intacta la imagen de ese instante: estaban en la oficna de Ramón; la había citado para hablar de un asunto importante,le había anunciado en el teléfono.
Después de servir los cafés Ramón, le dice que acaba de enterarse, de lo que pasa con entre padre y ella.
Ella no contestó, no pudo.
- No digas nada, dijo él-sólo quiero que me escuches.
Parecía sereno y frío, con los ojos fijos en los suyos.
- Te has equivocado, Lucia, el tiempo te lo va a demostrar... Salvador no quiere a nadie, sólo busca lastimarme y vos sos cómplice de ese hombre que siempre quiso lo que yo tenía, dijo.
Se había recostado en el sillón, abrió los ojos grandes y ella vio en ellos el odio. Ahora quiero que te vayas lejos, gritó.
Volvió a incorporarse y se dejó caer de nuevo. Ella salió despacio de la oficina y decidió irse a la casa de Elena, su mejor amiga, hasta ver como sucedían las cosas. Escuchó desde la puerta que Ramón se había echado a llorar como un niño.
Por primera vez sintió miedo, una vez más juró que dejaría de ver Salvador por un tiempo.
-¿Quieres repetir eso que dijiste?
- Dije que al final pude llenar algunas capsulas.
Lucia la interrumpe- ¿qué cápsulas?
La muchacha se aleja un poco de la ventana y repite claramente, lo que acaba de decir.
-Son una cápsulas que él toma para algo, no sé; rojas y azules, ya está, ya lo hice.
Lucia hunde su cabeza en sus rodillas para que no la vea enrojecer de rabia. Balbucea algunas palabras y Nieves la mira sin comprender.
Después levanta su cabeza y deja que pase un rato, y dice. La voz es calma, suave:
-Deberías irte a su casa y buscarlas.
Nieves se incorpora, y se para frente a Lucia con un gesto extraño, de mujer adulta.
- Es imposible. Están en la casa de él, y ya debe de haber tomado la píldora de la tarde, y también la de la mañana…
Entonces, ella la toma el brazo y la conduce hasta la puerta. Su voz tiembla cuando le ordena:
-Ahora tenes que ir a recuperarlas como sea. No creo que sea suficiente como para matarlo y si esto sucediera, eso estará contigo para siempre. Nunca podrás liberarte de él.
- Ya está, ya lo hice… es por amor, sólo por amor, dice la muchacha.
- Entiendo. Estas cosas siempre se hacen por amor. Igual te acompañaré ahora mismo a su casa, le sacarás el frasco como sea, y me lo darás, y yo lo destruiré.
Nieves balbucea un agradecimiento y Lucia le contesta: “No lo creas linda, lo hago para salvarme de mi misma.
Después la besa en la mejilla, y salen juntas.
Más tarde, al regreso, Lucia cerró la puerta con llave y apagó las luces de la terraza. La noche la envolvió por instante. El frasco con las píldoras malignas estaban en su mano. Rápidamente entró en el baño y una por uno las arrojó por el inodoro.
Mañana será otro día, piensa, mientras se mete a la cama.
Aparece como un destello en su memoria, la mayor miseria, la peor época de desquiciada al recordar una fotografía en blanco y negro de aquellos tiempos.
La imagen no revela nada, sólo dos personas sentadas una al lado de la otra en algún lugar a media luz. Era en ese bar en donde se solían encontrar. Un hombre entró con su cámara "Leica" y sin pedir permiso tomó la imagen. Explicó que le llamó a la atención los rostros.
La imagen no revela nada, sólo dos personas sentadas una al lado de la otra en algún lugar a media luz. Era en ese bar en donde se solían encontrar. Un hombre entró con su cámara "Leica" y sin pedir permiso tomó la imagen. Explicó que le llamó a la atención los rostros.
Cuando le mostró las fotos, ella queda absorta: Salvador mira al objetivo con ojos ausentes, sin mirar a ninguna parte, ella sonríe apenas. Detrás de ellos un espejo refleja las manos del fotógrafo y las sombras de su cuerpo alrededor de la cámara.
En esos tiempos ella ya esperaba el momento para deshacerse del odio acumulado a lo largo de ese tiempo, antes que se tomara la fotografía. Había decidido que si su amor no podía ser para ella, no seria de nadie.
Se había distanciado de Pablo y aún le dolía su reacción desmesurada y dramática, cuando le pidió alejarse por un tiempo, aunque ella sabia que era para siempre.
En esos tiempos ella ya esperaba el momento para deshacerse del odio acumulado a lo largo de ese tiempo, antes que se tomara la fotografía. Había decidido que si su amor no podía ser para ella, no seria de nadie.
Se había distanciado de Pablo y aún le dolía su reacción desmesurada y dramática, cuando le pidió alejarse por un tiempo, aunque ella sabia que era para siempre.
Era como una enfermedad incurable que la arrastraba hacia el abismo. Salvador pensaba irse de viaje con su suegra, su propia madre. Había buscado una excusa absurda para justificarse y ella pensaba que con la felicidad no se podía jugar, al menos no se podía lastimar así, si había una mínima dosis de cariño.
La alegría del entorno de esa noche, no condecía con el desorden que estaba latente entre ambos.
Ella sólo pensaba en la forma de vengarse, mientras se disparaba el flash. Se le cruzaban pensamientos que poco a poco se fueron convirtiendo en obsesión; su mente se corroía por la ansiedad de encontrar alguna formula mágica para no dejarlo ir.
Ella sólo pensaba en la forma de vengarse, mientras se disparaba el flash. Se le cruzaban pensamientos que poco a poco se fueron convirtiendo en obsesión; su mente se corroía por la ansiedad de encontrar alguna formula mágica para no dejarlo ir.
Después de aquella fotografía, ella estaba dejando atrás toda otra idea de vida.
Comenzaron entonces, largas horas de minucioso trabajo para rellenar con el veneno para ratas, las cápsulas que Salvador tomaba para el corazón.
Ojala la vida fuera sólo esa fotografía, pero ella estaba en un estado trastornado, desquilibrado, habría sentido el dolor, ahora lo imagina, frente al frasco con cápsulas rojas rellenas de polvos blancos con pequeñas partículas azules, sólo recuerda que las vaciaba minuciosamente una a una, sobre una cuenco de plástico; con chinelas en los pies, una sonrisa ligera, mientras iba en busca de una pequeña cuchara de café para no desparramar el fatal polvo raticida que estaba sobre la mesa de la cocina, la ventana que miraba a la avenida, el silencio de la madrugada y el cielo estrellado. Vivía el dolor y por esa grieta vislumbró el alivio, eso creyó.
En ese momento era una mujer satisfecha, recuerda. Es insólito que frente a la situación de trágica venganza sintiera feliz, de pronto no sentía remordimiento, sólo una satisfacción desconocida que la aliviaba por un rato.
El no llegó esa tarde, y eso le permitió rellenar una a una, diez cápsulas que luego colocaría en vez de las otras, mientras una sonrisa fija asomaba por las comisuras de su boca. “Estoy loca, pensaba, pero es un alivio”
Esto es el fin, se dije esa madrugada, cuando escuchó que Salvador llegaba y se acostaba a su lado sin tocarla. Después la abrazó y le besó la espalda.
¿Sabes que te amo? Escuchó y en ese instante se sintió una traidora, una ingrata.
Eso no lo esperaba… él se fue derrumbando a su lado en la cama, mientras le confesaba su desazón, su confusión.
No sabia que es lo que quería, dijo, pero de lo que estaba seguro era de que no la merecía, que no podía seguir a su lado porque era un hombre complicado dijo, por que estaba lastimando a mucha gente, que no podía luchar por lo que mas quería que era ella, la mujer de su vida, que su suegra era su amiga de la juventud y se divertían mucho juntos, que ella misma era la que había propuesto el viaje y él no pudo decir que no.
Ojala la vida fuera sólo esa fotografía, pero ella estaba en un estado trastornado, desquilibrado, habría sentido el dolor, ahora lo imagina, frente al frasco con cápsulas rojas rellenas de polvos blancos con pequeñas partículas azules, sólo recuerda que las vaciaba minuciosamente una a una, sobre una cuenco de plástico; con chinelas en los pies, una sonrisa ligera, mientras iba en busca de una pequeña cuchara de café para no desparramar el fatal polvo raticida que estaba sobre la mesa de la cocina, la ventana que miraba a la avenida, el silencio de la madrugada y el cielo estrellado. Vivía el dolor y por esa grieta vislumbró el alivio, eso creyó.
En ese momento era una mujer satisfecha, recuerda. Es insólito que frente a la situación de trágica venganza sintiera feliz, de pronto no sentía remordimiento, sólo una satisfacción desconocida que la aliviaba por un rato.
El no llegó esa tarde, y eso le permitió rellenar una a una, diez cápsulas que luego colocaría en vez de las otras, mientras una sonrisa fija asomaba por las comisuras de su boca. “Estoy loca, pensaba, pero es un alivio”
Esto es el fin, se dije esa madrugada, cuando escuchó que Salvador llegaba y se acostaba a su lado sin tocarla. Después la abrazó y le besó la espalda.
¿Sabes que te amo? Escuchó y en ese instante se sintió una traidora, una ingrata.
Eso no lo esperaba… él se fue derrumbando a su lado en la cama, mientras le confesaba su desazón, su confusión.
No sabia que es lo que quería, dijo, pero de lo que estaba seguro era de que no la merecía, que no podía seguir a su lado porque era un hombre complicado dijo, por que estaba lastimando a mucha gente, que no podía luchar por lo que mas quería que era ella, la mujer de su vida, que su suegra era su amiga de la juventud y se divertían mucho juntos, que ella misma era la que había propuesto el viaje y él no pudo decir que no.
Esa maldita fotografía lo refleja a la perfección, dijo.
En ese momento pensó que no podía resistir la pena ante semejante sentimiento; mientras lo escuchaba, sentía que está dejando atrás la venganza, la única razón de su objetivo de eliminarlo, que no podía luchar contra esa relación de maduros casi viejos, que así era ese juego que había intuido desde el principio en cual ella sola se había metido. Ese impulso que había sentido, acaso sin demasiado argumento.
Entonces recuerda que reflexionó... ojala la vida sea así siempre, que este instante continúe, aunque sea falso, aunque la felicidad sea mínima, pensó.
El silencio vino después con el sueño tardío, los cuerpos arrebujados en la ancha cama, los corazones otra vez en orden.
Era como un regalo fugaz, cuando vislumbró de nuevo la felicidad y lo creyó.
Fue un instante, pero sirvió para levantarse a la madrugada y tirar al inodoro las cápsulas y dejar que el agua corriera un rato; después miró la fotografía y notó en ella las miradas ausentes de toda cordura.
En ese momento pensó que no podía resistir la pena ante semejante sentimiento; mientras lo escuchaba, sentía que está dejando atrás la venganza, la única razón de su objetivo de eliminarlo, que no podía luchar contra esa relación de maduros casi viejos, que así era ese juego que había intuido desde el principio en cual ella sola se había metido. Ese impulso que había sentido, acaso sin demasiado argumento.
Entonces recuerda que reflexionó... ojala la vida sea así siempre, que este instante continúe, aunque sea falso, aunque la felicidad sea mínima, pensó.
El silencio vino después con el sueño tardío, los cuerpos arrebujados en la ancha cama, los corazones otra vez en orden.
Era como un regalo fugaz, cuando vislumbró de nuevo la felicidad y lo creyó.
Fue un instante, pero sirvió para levantarse a la madrugada y tirar al inodoro las cápsulas y dejar que el agua corriera un rato; después miró la fotografía y notó en ella las miradas ausentes de toda cordura.
En el umbral de la puerta Nieves se detuvo para mirarla un instante, y ella le devolvió la mirada desde sus anteojos en medio de la nariz, y los ojos entornados con una cansada expresión de fastidio contenido.
--Está enojada...
-No.
-No.
La he molestado, pensó la muchacha, esforzándose por recordar que tramo del episodio era el que la había puesto tan incómoda. De pronto sintió ganas que la abrazara con sus brazos finos envueltos en esa chalina suave. Pero ella sólo le acarició rápidamente la cara y dijo:-ahora te vas a tu casa y reflexionas sobre lo que has hecho.
El tono preciso de su voz indicaba que tenía que irse.
Piensa de nuevo en aquella vez cuando ya se había muerto Ramón, y ella intentaba reinventar su vida otra vez; el día que viajaba hacia el Uruguay para encontrarse con Pablo, su nueva pareja; aquel día en que Salvador la acompaña al aeropuerto.
En esa mañana frente a frente, confundidos entre la gente que tomaba un café como ellos, a la espera del llamado para embarcar, él suplica una y otra vez que no se fuera, (lo recuerda con tanta precisión que le duele el pecho) mientras dibujaba en una servilleta de papel, su letra, la de ella y la letra de Pablo, hace con ellas un esquema geométrico de un posible futuro de a tres, y al instante los dos sonríen ante la cruel realidad del presente. Lucia toma la lapicera y sobre el triangulo agrega el nombre de la madre, y de otras mujeres que ella conocía y así se va formando un decaedro perfecto.
-Parece un diamante- dijo Salvador.
También recuerda que él le saca la lapicera de la mano y tacha todos los nombres menos el suyo y el de ella y le devuelve el papel. Ella lo estruja entre sus dedos vuelve a sentir el odio, creí que lo nuestro era eterno, dice. Salvador entonces le suplica que se quede, que sea únicamente de él ; trata de convencerla que podrían vivir siempre así, que podrían vivir como si el tiempo fuera invisible, que los dos jugarían a ser los que habían sido al principio de todo; algo que era imposible, ya que los dos están perdidos en otras vidas. Ella sólo atinó a tomarlo de la mano para ocultar su mortificación y después miró el reloj para asegurar que estaba en horario para partir.
Aún se ve subir al ómnibus rumbo al avión, la mano soplando un beso y el gesto de resignación de Salvador y a la vez de alivio. Una vez más estuvo apunto de caer en la quimera de seguir con la historia. El sabía y ella sabía, por lo que no podrían estar más juntos... la atracción era proporcional al daño que habían hecho.
-Prometamos respetar el motivo que nos llevó a alejarnos- pudo decir Lucia en el instante que llamaban a su vuelo por los altavoces en el aeropuerto.
Por un tiempo sólo escucharía el silencio de su ausencia, mientras trataba de estar en otra vida, intentaba no pensar en aquella geometría; hasta sucumbir otra vez en una mayor decadencia, en otra miserable caída en el abismo.
Fue a acostarse temprano. La casa olía a mar, a hojas de pino: estaba cansada de lidiar con ella misma, frente a los fantasmas que había traído Nieves. Sentía culpa de haberla dejado abandonada, después de la escena patética de la víspera.
Casi había perdido la paciencia frente a esa muchacha extraña que se había recostado en ella sin pedirle permiso.
Debería haberla escuchado con más cariño, se dijo, una vez que se quedó sola. Pero no pudo, estaba demasiada enojada. Presintió que la muchacha volvería a hacerlo. En eso se diferenciaba de ella.
Hacia casi un año que estaba allí en esa casa sola, tratando de inventarse otra vez más, sabía que era la última, y había sido sorprendida por ese torbellino de fantasmas que la hacían daño. Cada año pasa más rápidamente que el precedente, piensa, no tendría mucho que esperar antes de dormirme para siempre. Mientras tanto, siento cómo las horas pueden arrastrarse lentamente, pero aún amo demasiado la vida para que la idea de morir me consuele, se dice.
En el silencio de la noche se queda dormida a pesar de todo, con un sueño apaciguador.
.
Esa noche recuerda a Pablo.
Él la esperaba en el balneario y ella acababa de despedirse de Salvador en el aeropuerto de la capital.
Rescata una imagen: Pablo está frente a ella, recuerda, con su taza de café enfriándose, allí están la música de la mañana y el diario abierto sobre la mesa.
La memoria que viene con su cara recién afeitada, el sol que irrumpe por la ventana y él cumpliendo años, afligido por el tiempo que pasa sin remedio. Los dos ya somos viejos,- a punto de doblar el codo- dice sonriendo, cuarenta años redondos sin piedad alguna. Lo ve ahí, sentado en la luz, el sonido del mar que penetra por todos lados. Están casi solos en el balneario, es septiembre. Ve los géneros floreados que descansan sobre el sillón, perfectamente doblados.
Son los pantalones de baño que decidió hacer por su cuenta, al no conseguir nada adecuado en todo el pueblo.
Cinco pedazos de género floreado que prolijamente fue cortando después de desarmar el viejo pantalón que tenía desde hace siglos. El único traje de baño que le gustaba y le calzaba de maravillas. Puntada tras puntada, los hilvanan con esmero y la mucama del piso se ofrece a coserlos en su casa.
Pablo dice que el sonido de la máquina de coser le hace daño. Le recuerda a su madre... esto de coser hasta el cansancio las sábanas que entregaba a una casa de ropa blanca cada semana, dijo. El fastidio que sentía al verla inclinada sobre las telas interminables, que hacían que su espalda se curvara con un dolor insufrible, que él calmaba con un masaje cada vez que la escuchaba quejarse.
Ve su piel tostada por el sol aún tibio, el sonido metálico de la tijera que recorta con prolijidad los bordes de la tela, su silbido que sigue una canción que suena en la radio. De nuevo el recuerdo que asoma de su madre lo hace dudar de su habilidad para la costura- es un tema de mujeres- le dice- bueno, hay muy buenos modistos- le contesta ella -Que nadie se entere que yo coso mis trajes de baño- le ruega.
Le reclama atención cuando ella recoge las tazas del desayuno y derrama un poco de café sobre la alfombra. -Estas pensando en otra cosa, le reprocha- tan sólo pensaba en ella, en tu madre, con ese dolor tremendo.- dice. -Es un dolor mínimo si lo comparas con mis migrañas- escucha, y nota un dejo de angustia en su voz.
Reconoce un cambio en su postura, ahora siente haberlo mirado, porque esquiva sus ojos como si su visión cayera sobre la mente de él, y adivinara el tormento de sus pensamientos. Su propia mirada ya es de sufrimiento y entonces ella entiende que ya nada se puede arreglar. Escucha que comienza a sonar el ruido de las tijeras y ve caer uno a uno los pedazos de la tela floreada como si fueran pétalos desparramándose sobre la mesa, sobre el piso y lee en sus ojos la enfermedad, la angustia cuando cae el último pedacito de tela naranja.
Se levanta de donde está cortando y ya no es el mismo que era hacia un rato.
Lo mira impotente, llorar como un niño abandonado, le escucha decir que todo salió mal, que la vida es una mierda. Le pide que lo deje solo hasta que la angustia pase, que él no puede con su vida, que ella no lo merece.
Rescata una imagen: Pablo está frente a ella, recuerda, con su taza de café enfriándose, allí están la música de la mañana y el diario abierto sobre la mesa.
La memoria que viene con su cara recién afeitada, el sol que irrumpe por la ventana y él cumpliendo años, afligido por el tiempo que pasa sin remedio. Los dos ya somos viejos,- a punto de doblar el codo- dice sonriendo, cuarenta años redondos sin piedad alguna. Lo ve ahí, sentado en la luz, el sonido del mar que penetra por todos lados. Están casi solos en el balneario, es septiembre. Ve los géneros floreados que descansan sobre el sillón, perfectamente doblados.
Son los pantalones de baño que decidió hacer por su cuenta, al no conseguir nada adecuado en todo el pueblo.
Cinco pedazos de género floreado que prolijamente fue cortando después de desarmar el viejo pantalón que tenía desde hace siglos. El único traje de baño que le gustaba y le calzaba de maravillas. Puntada tras puntada, los hilvanan con esmero y la mucama del piso se ofrece a coserlos en su casa.
Pablo dice que el sonido de la máquina de coser le hace daño. Le recuerda a su madre... esto de coser hasta el cansancio las sábanas que entregaba a una casa de ropa blanca cada semana, dijo. El fastidio que sentía al verla inclinada sobre las telas interminables, que hacían que su espalda se curvara con un dolor insufrible, que él calmaba con un masaje cada vez que la escuchaba quejarse.
Ve su piel tostada por el sol aún tibio, el sonido metálico de la tijera que recorta con prolijidad los bordes de la tela, su silbido que sigue una canción que suena en la radio. De nuevo el recuerdo que asoma de su madre lo hace dudar de su habilidad para la costura- es un tema de mujeres- le dice- bueno, hay muy buenos modistos- le contesta ella -Que nadie se entere que yo coso mis trajes de baño- le ruega.
Le reclama atención cuando ella recoge las tazas del desayuno y derrama un poco de café sobre la alfombra. -Estas pensando en otra cosa, le reprocha- tan sólo pensaba en ella, en tu madre, con ese dolor tremendo.- dice. -Es un dolor mínimo si lo comparas con mis migrañas- escucha, y nota un dejo de angustia en su voz.
Reconoce un cambio en su postura, ahora siente haberlo mirado, porque esquiva sus ojos como si su visión cayera sobre la mente de él, y adivinara el tormento de sus pensamientos. Su propia mirada ya es de sufrimiento y entonces ella entiende que ya nada se puede arreglar. Escucha que comienza a sonar el ruido de las tijeras y ve caer uno a uno los pedazos de la tela floreada como si fueran pétalos desparramándose sobre la mesa, sobre el piso y lee en sus ojos la enfermedad, la angustia cuando cae el último pedacito de tela naranja.
Se levanta de donde está cortando y ya no es el mismo que era hacia un rato.
Lo mira impotente, llorar como un niño abandonado, le escucha decir que todo salió mal, que la vida es una mierda. Le pide que lo deje solo hasta que la angustia pase, que él no puede con su vida, que ella no lo merece.
Y ella pensó que tendría que dejarlo.
Salió a la calle, entró en una cabina de teléfonos y lo llamó a Salvador. Escuchó su voz quebrada mientras preguntaba quien llamaba. No colgó el teléfono, no pudo, recuerda. Era más fuerte el deseo de seguir escuchando su voz; tampoco dijo nada, no podía, no quería que se diera cuenta de su estado de ánimo. Colgó y se fue a caminar por la rambla hasta el mediodía. En ese momento se dio cuenta que la enfermedad por Salvador era crónica.
Las manos finas, la piel surcada por una multitud de arrugas y venitas azules culminaban en unas uñas cortas apenas brillosas, unas manos que se agitaban y retorcían sobre sí mismas cuando conversaba.
Nieves varias veces había tenido ganas de acariciarlas y acercar su cara para recibir una caricia.
Lucia cada tanto mueve la cabeza lentamente mientras ella cuenta su día, parece disfrutar de lo que la muchacha le cuenta. Después sonríe, y recibe una sonrisa a cambio para compensarle quizá, de la paciencia que había tenido de escuchar su relato confuso e imprevisible. Se había convertido en un raro placer el de compartir esos momentos, la muchacha era consciente que la mujer le daba una seguridad que no atinaba a explicarse, aunque temía de que en poco tiempo, de todo sólo quedaría el recuerdo.
Cada vez que llegaba hasta la casa de la playa, a Nieves la invadía un temblor incontrolable de que se hubiera muerto allí sola, o se hubiera marchado sin avisarle. Antes de golpear las manos para anunciar su llegada, rezaba apurada que nada de eso hubiera sucedido.
Cuando escuchaba sus pasos y la llave que giraba con dificultad en la cerradura, por el herrumbre de la sal, ella sonreía aliviada. El corazón se salía de su pecho mientras Lucia abría la puerta y le decía que pasara. Todo se llenaba de luz, y allá afuera quedaba el mundo.
Un verano de vacaciones en casa de la familia, sentadas en la terraza frente al mar, la madre dijo: quiero contarte dos cosas Lucia.
- Qué cosas?
- Una que de pronto viendo unas fotografías de tu infancia recordé, quizás, tu no lo recuerdes…aquel amigo te regaló una cachorrito.
- Algo recuerdo- dijo incomoda.
- Era Salvador. No es increíble las vueltas que da la vida?
- Si, es increíble. Entonces porque me lo sacaste?
- Porqué tu padre no quiso que tuvieras un regalo de Salvador.
- Y la otra es que tu ex suegro me ha invitado a Francia.
Lucia sintió nauseas, y un cosquilleo corrió por su espalda.
Después Inés preguntó si hacía mucho que no lo veía, y antes de que ella pudiera responder, continuó: -Salvador jamás se pudo entender con su hijo, Lucia, no pudo comprenderlo. Ramón era débil y él es fuerte y terriblemente egoísta.
-¿Porqué me cuentas esto ahora? – dijo- y la madre no contestó.
Nunca más hablaron de él. En ese instante comprendió que todo había sido un asqueroso engaño desde aquel tiempo del cachorro. Entendió que entre sus padres había esa ambigüedad desde siempre.
Nieves se apoyó en la pared de la casa de Manuel y notó las piedras calientes contra su espalda. El sol es tan lindo, pensó, mientras cerraba los ojos y se entregaba a los rayos tibios de esa mañana de agosto. Presintió que algo pasaría con Manuel, nada bueno, había retirado las capsulas como le había pedido Lucia, pero sabia que faltaba alguna. Tenía muy pocas esperanzas de poder reparar lo sucedido. Imagina que la buscan por todo el balneario y maldice su despreciable suerte.
Nadie apareció. Tal vez lo habían llevado hasta Mar del Plata a una clínica, o estaba simplemente en su casa, a unos pocos metros de ella, arrinconado de dolor de tripas.
Sintió la tentación de ir a comprobarlo, pero se arrepintió enseguida. Al verlo no sabría qué hacer, el le había pedido que se fuera, que no quería verla nunca más, que su infidelidad era irreparable. Tenía razón, Manuel, pero ella no podía evitar enamorarse sin pausa, a todos los amaba y su amor era sincero, se había entregado a todos sin condiciones de ninguna clase, pero lo que sentía por Manuel era muy distinto, pero él no lo había comprendido
Durante toda la vida recordaría ese mediodía de invierno, en aquel restaurant viejo, oscuro. En aquel lugar seguro en donde nadie podría encontrarlos, Salvador le dice que se encontró con Inés.
-No comprendo como podes seguir viéndola- dijo.
- Es una buena amiga. Le aconsejo con sus finanzas... esas cosas no pueden molestarte.
-No me molestan, mintió, me da curiosidad, ella nunca me habla de vos.
-No hablemos de ella, siguió diciendo Salvador, este es nuestro momento y no tenemos que arruinarlo.
Empezó a sentir celos, rabia, ante su frialdad.
-Hace muchos años que tu madre y yo nos conocemos; te pido que no te tortures ni me pidas que algo cambie, continuó, sos vos mi mayor obsesión, mi única obsesión; la miró a los ojos con esa mirada firme y dulce a la vez que no aceptaba reclamos.
Aquella noche se quedó despierta sin poder conciliar el sueño hasta que el sol se asomó por la ventana.
Apenas tiene conciencia de las largas horas que había acumulado en aquellos tiempos desatinados entre las cuatro paredes de aquel dormitorio, que tal vez en esos días resguardaron su sueño desamparado y enloquecido de no separase jamás de Salvador. De pronto sintió un impulso desconocido de abofetear a Nieves.
Se incorporó bruscamente y se quedó sentada en la cama, atónita, con los ojos abiertos. Aparte la significación insolente y brutal que le producía esa muchacha, recordar el episodio de la noche anterior la había trastornado. El hecho no tenía nada de particular: era un hecho pequeño, una confidencia de una muchacha a una mujer retirada de la vida agitada. Pero había producido en ella una desproporcionada furia e impotencia.
Lucia observó el techo alto, blanco, con vigas de madera oscura, miró al viejo armario de dos lunas, la mesita de noche, las dos sillas y el perchero de pie. Sobre la mesita de noche estaba el despertador que le había regalado Salvador.
Ese era su mundo nuevo y de pronto, como a la luz de un relámpago, vio pasar vertiginosamente ante sus ojos las imágenes caóticas de la película de su vida.
-Y vos… ¿qué quieres, Lucia?, se preguntó.
Un recuerdo permanecía en su memoria más nítido que ningún otro. El día que vio morir a su padre en aquel restaurante desconocido. Sólo habían intercambiado un beso y habían pedido la comida.
Estaba muy nerviosa, sus piernas se movían debajo de la mesa sin control. -Deja de mover las piernas, Lucia, por favor- dijo el padre. Fueron sus últimas palabras. Ella presenció absorta, horrorizada, como Amador se estrujaba el pecho y caía sobre el mantel. Y allí estaba ella, con el cuerpo petrificado del miedo, con el deseo cumplido, sin siquiera haber abierto la caja con el polvo mortífero.
Ella estaba segura que no lo había matado.
La idea de eliminar a Salvador se aparecía en su mente como si fueran agujas candentes. La angustia era casi insoportable. Con el fin de no perder la cordura ni la calma, intentaba de todas maneras pensar con claridad. ¿Qué era lo que más la abrumaba? En realidad, no necesitaba encontrar la respuesta, pues ya la conocía. Lo que mas la perturbaba era el miedo. El miedo que él la mirara con esos ojos únicos, que le sonriera como sólo él sabia hacerlo, que la ignorara, otra vez la ambigüedad la invadía, La indiferencia de Salvador, era lo que más le aterraba. Toda aquella larga noche antes de acudir a su llamado, la pasó creyendo oír sus pasos en el pasillo, en la cocina.
El hombre que tanto amé, que opté por jugarme toda entera para que fuere mío, que parecía lleno de un amor infinito, es ahora alguien muy distinto, pensó. Ha cambiado su luminosidad por la de su sombra, o por la de ese monstruo egocéntrico que no me deja ser otra vez buena, inocente, alegre, continuaba pensando, en esa noche lluviosa. Así, que lo que ella creía que era amor se había transformado ahora en odio. Tendría que haber comprendido esto, mucho antes. El propio Salvador lo decía una y otra vez. Él le reveló la verdad, pero no la verdad sana, sino la que la lastimaba, tortuosamente. Y, sin embargo, yo no quise escuchar lo que oía, lo que se ocultaba bajo sus palabras, se dijo. Siente que es la única culpable, porque ella se negó a comprender.
Interrumpió sus pensamientos y, en la oscuridad, prestó atención a los ruidos. ¿No era el ruido de los automóviles que se oía a lo lejos? No, era el ruido de su corazón latiendo con fuerza en su interior, era su propio miedo.
En su mente trastornada por el pánico, recordó cada episodio, cada noche. Tenía que comprenderlo, para perder el miedo.
Estoy viéndolo a través de mis propios pensamientos, se dijo Lucia. Veo más lejos de lo que nunca vi.
Pensó en suicidarse. Suena hasta reconfortante, pensaba, nadie es capaz de comprender esto. No habrá nadie igual en el mundo como Salvador para convertir palabras amorosas y dulces, en pavorosas y aterradoras. Las mujeres son como las armas de fuego, amenazantes, pero hermosas y deseables, decía.
Le dio escalofríos recordarlo.
No podía quitarse la idea de su mente. Otra vez como cuando odiaba a su padre, sólo quería vengarse.
Las lágrimas empezaron a rodar por su cara. Hasta ese momento no había comprendido en toda su dimensión lo que le había sucedido. Destruirse así, destruir su familia, todos quedaron destruidos, todos. Pero ella no había podido verlo y ahora le costaba creerlo. Muchas veces habían hablado de lo que les pasaba, siempre entre murmullos, y en la noche. Sentía que estaba perdiendo el juicio. No era la misma muchacha que se había sentido atraída por ese hombre, que le había asegurado la felicidad a pesar de todo y de todos, asegurándole que la vida tendría sentido si ella se entregaba en cuerpo y alma a él, a Salvador. Si era odio lo que sentía.
Lucia sabe que ella mató a Salvador. Aunque está absolutamente segura de no haberlo tocado siquiera. Se cayó él solo, recuerda, al querer decirle algo que ella no entendió y nunca entendería. Solo se volvió hacia él a mirarlo y su mente se puso en blanco, se borraron todas las imágenes.
Mira la lluvia, la lluvia feroz que toma de sorpresa al ventanal. Y por vez primera piensa que llegará un día que ella será una alma libre. Que esos días tan esperados de soledad y exilio ya no serán más una huida, ahora piensa en una vida nueva sin espejos.
No tiene ganas de hacer nada, absolutamente nada. Solo el transcurrir de las horas en la nostalgia de sus tiempos de ayer.
Hoy no puede sino divagar sobre la vida y la muerte. Se pesca a sí misma sujeta a la vida y no se comprende.
Cada tanto vuelve a la obsesión. No recuerda muchas cosas, pero cuando recuerda esos días, la perturban, la taladran, la obsesionan. Obsesiva en su propio pasado.
Todos sus recuerdos estaban relacionados con la ambigüedad. Ambigüedades entre su madre y su padre, ambigüedad entre su madre y ella, entre el amor y la maldad, entre la tribulación y el placer. Se había convertido en una mujer rara, con una desazón constante entre lo que quería y lo que debía. Vivir era una suerte de desafío, una necesidad de sujetar el tiempo para no crecer. Y desde que tuvo la posibilidad de recordar, la ambigüedad había sido como su mejor opción. También la ambigua locura que le producía Salvador, la colocaba sobre aquel abismo.
En ese tiempo cuando se despertaba por la noche, invadida por el desasosiego, caminaba por la casa hasta que Ramón la llevaba a la cama, la apretaba contra su pecho, y ella envuelta en aquella ambiguedad,volvía a dormirse.
****
Mientras atravesaba las calles, rumbo al departamento donde se encontraría con Salvador, comenzaron a mezclarse en su cabeza impresiones contradictorias; sentimientos que navegaban entre la culpa implacable que había sido esa relación obsesiva e incestuosa, y el fuego que quemaba sus entrañas al recordar cada instante de aquella intimidad, aunque ella siempre supo de memoria que esas historias, jamás tuvieron finales felices.
Aunque no estuviera dispuesta a admitir esa idea ni siquiera mientras hablaba consigo misma, caminando a solas por las calles atiborradas de gente, Lucia Ortiz había decidido irse lejos de la ciudad, después de lo que le quedaba por pasar. Presentía que aún debía cobrarse una factura pendiente.
Un día tan temible como aquél no podía haber empezado peor, pensaba, mientras lidiaba con la lluvia y el granizo, y tocaba el timbre de la puerta de aquel edificio que ya no reconocía. Nunca había estado sometida a una presión semejante, nunca se había sentido tan fuera de sí, nunca recordaba haber tenido tanto miedo como entonces.
Necesitaba enfurecerse, maldecir por dentro, machacarse una y otra vez que era la última vez que iría a esa casa, pero estaba seca.
Aquello era como una condena, como un lastre, como una enfermedad de la que nunca lograría curarse. Acababa de recordar que no podía confiar en el. Ésa había sido la conclusión a la que había llegado la primera vez que Salvador le había hablado de su madre. Sólo después de admitir alegremente que habían sido buenos amigos y que habían compartido algunas alegrías. No podía confiar pensaba, porque ya no creía en sus versiones aunque aún a veces, como en ese momento necesitara creer en ellas. No podía creerle porque le quitaba la mitad de todo lo que le daba, porque especulaba con sus secretos, jugaba con sus inseguridades, como si fueran los sentimientos de una aventura de la noche. Entraba y salía de su vida y de su casa, como quería y cuando quería; cuando se iba siempre dejaba en su cabeza, burbujas confusas que la fueron volviendo cada vez más obsesiva, mas perturbada, y comenzó a alimentarse de un resentimiento sordo, dañino. La vida poco a poco se había ido convirtiendo en algo insoportable de sólo pensar en él.
Salvador siempre tenia una buena excusa de todo lo que sucedía, todo lo que era inadmisible de soportar para ella, como eran las esperas inútiles, los plantones y los engaños que ella descubría, pero que él jamás los iba a aceptar, siempre había una razón a la altura de lo que pintaba el momento.
Lucia había pensado mucho en esto, antes de concederle la ultima visita, inclusive, se había convencido a si misma, que ya no había nada que perder, que aquellas burbujas que la confundían habían sido como una barrera entre su cabeza y su corazón; ahora se habían entremezclado y ya no había casi ningún rastro de aquel estado ambiguo que tanto daño dejó en su conciencia. Este encuentro podría ser el ritual necesario para enterrarlo definitivamente de su cabeza y de su vida, se dice.
Mientras avanza hacia la casa, lo imagina ahora, atrapado por los años, con una vida acomodada y ociosa de anciano en una condena de días iguales y mediocres, con algún resabio de seductor nato con la persona que lo cuida, o con la mujer del encargado.
Ni su madre que había muerto hacia mas de dos años, ni sus amigas que huyeron confundidas, estarían para dejarse seducir por Salvador…el destino de soledad merecida en el que ella se lo imaginaba, los pensamientos contradictorios la envolvían como una red invisible, mientras se acercaba al departamento. Se sentía cubierta con una segunda piel, que la protegía de la ansiedad desmesurada de volver a verlo después de tanto tiempo y que la había mantenido aislada de su dominio.
Las deudas de la vida ella ya las estaba pagando. Ya no sabía disfrutar de las cosas, o no sentía placer con aquello que antes la entusiasmaba. Estaba casi muerta.
Había sido una enemiga feroz de sí misma. La enseñanza principal de aquellos años, fue el aprender a vivir a cualquier precio, por encima de todo, sin respetar las señales. Ahora esa determinación, de dejar llevar por la locura que ese hombre había despertado en su vida, ya no le servía de nada, porque ni siquiera la protegía de ella misma, por eso cuando la culpas la torturaban, volvía a recordar el sabor de la rabia, de la impotencia, frente a las circunstancias que la rodeaban, por impotencia también había tenido que separarse de Pablo.
Cuando Salvador bajó para abrir, pudo observarlo a través de los cristales. Estaba algo encorvado, avejentado, con un rictus distinto en la cara.
Se acercó y ella le dio un beso en la mejilla. Sus manos de repente, temblaban.
Ella con el tiempo se había dedicado a conocer otra gente, a mantenerse en silencio, alejada de esa familia. De eso estaba contenta, de haberse separado lo más posible de la tentación de encontrarse, de volver a caer en sus brazos, de no sentir más nada.
Lo primero que hizo Salvador al sentarse en un sillón frente a ella, fue jurarle por la memoria de los que ya no estaban, que desde aquel día, en que Ramón supo la verdad, él nunca más había hablado con Inés. Dijo que solamente pensaba en ella,Lucia, aún la deseaba, que nunca se hubiera podido olvidar, que quisiera pedirle otra vez perdón.
No pudo contestarle, habían pasado los años y no quedaba nada de aquel tiempo.
Los dos sabían que Ramón, no pudo soportar el odio, ni la vergüenza cuando se enteró que su padre se acostaba con su mujer, y se suicidó con un tiro en el medio de la frente, al día siguiente en que ella había acudido a la cita.
Y mas tarde los amigos de ambos, dejaron de verla cuando supieron la verdad.
Ella no contesta, porqué sabe que es una mentira. Ahora estaba ante ese rictus extraño, frente al rostro deformado, desconocido, asqueada de esa boca de la cuál colgaba un labio fláccido. Es como si careciera de sensibilidad en la cara. Ella desvía la vista.
El la mira, toma sus manos y sonríe - un virus - dijo.
El la mira, toma sus manos y sonríe - un virus - dijo.
Fue en ese instante, que ella se dio cuenta que había sido un perverso seductor, y que ella era una mujer fragmentada, dañada en el lugar más sagrado que una mujer posee: la conciencia de si misma. Hasta ese tiempo nada fue imposible, los sentimientos habían estado congelados y sólo había reinado el deseo, el poderoso deseo que le producía ese hombre que ella había erigido como un dios inmortal. Ahora la obsesión era odio.
-Acércate Lucia- dijo.
Ella se acerca un poco y el súbitamente la toma del brazo y la acerca su pecho, y comienza a acariciarla; ella se desprende rápidamente y se sacude el cuerpo como si se sintiera sucia.
Después, el cuerpo de Salvador comenzó a sacudirse con una serie de convulsiones. No recuerda bien como fueron los hechos. Vino el vacío y las imágenes se confunden entre sus pensamientos,
Él le pide que lo ayude, que llame al número que ha pegado en la puerta de la heladera, ella lo mira otra vez, ahora desde el más profundo desprecio; enseguida lo ve caer del sillón como si fuera un muñeco de estopa, cae de costado con la mirada vacía, ausente. Ella se agacha en cuclillas y se acerca a su cara.
- Hemos destruido a tanta gente que ya es hora que esto termine. No voy a hacer nada más por vos, Salvador,piensa, pero no dice nada.
Escucha el ruego, luego el sonido que sale del pecho de Salvador, la alfombra que enseguida se mancha con la sangre que brota de su boca, el quejido que sale de la garganta. Otra vez el silencio.
Ella tomó su cartera y sin mirar para atrás salió al palier y llamó el ascensor.
Caminó un rato y después tomó un taxi hasta su casa.
Era de noche cuando le avisaron que Salvador había muerto. Murió en su propia ley, dijo el amigo que había llamado por teléfono, ha muerto en su casa como un viejo solitario sin nadie a su lado, lo encontró el encargado cuando fue a ver como estaba, parece que no contestaba el teléfono.
Ella dijo: es cierto…murió en su ley…sólo eso.
En su momento, había tomado como una liberación aquellas palabras de Salvador, sobre la imperiosa necesidad de salvarla de la fatalidad que llegaría si no se separaban, le creyó cuando dijo que la única felicidad posible seria si la liberaba de él, y así pudieran ser siendo una familia normal y corriente. Que tratarán de ser sensatos, que confiara en ella misma, que aquella vida no tardaría en ser un recuerdo. Pero más tarde le susurraría al oído que no podía abandonarla. Que era demasiado fuerte lo que pasaba entre los dos, que estaban en una crisis, y ese momento no tardaría en pasar.
Al acordarse de aquellos días, Lucia ahora piensa que quizás él se había expresado con sinceridad. Recuerda que antes de la caida, los ojos de Salvador estaban húmedos, fijos en un punto lejano, como si no la viera, miraba por encima de ella como si ya no tuviera más deseos, recuerda.
Se comenzó a dar palmadas en la piernas, en lo brazos como para calentarse. El frío de la madrugada era penetrante, húmedo. Los fantasmas que surgen desde todos los rincones de la casa, son como sombras lánguidas que se trepan por las paredes. Los fantasmas la acosan.
De repente, vuelve a su memoria aquel terrible día.
Se había levantado se había bañado y como una autómata calentó un poco de café. Se vistió con esmero y salió a la calle rumbo a su objetivo. Otra vez, la decisión de vengarse le dio alivio. En los últimos meses, se había sentido otra vez, abrumada por la ambigüedad. Sobretodo después del suicidio de Ramón, de la renuncia al trabajo, del alejamiento de sus amigos, de la muerte de su madre.
Desde entonces, sentía que todos habían sido víctimas de una maldición. Poco a poco, se fue dando cuenta, hasta llegar a convencerse que aquello era una revelación.
En la calle no había nadie. Corrió hasta alcanzar la avenida y allí, caminó más despacio hasta llegar a la dirección que Salvador le había dado. Por fin, cuando llegó a la puerta, tocó el portero eléctrico y escuchó su voz. Soy Lucia, dijo-, el odio que se había instalado en mente, se dejaba traslucir en la voz.
“El odio puede ocultarse detrás del amor”, esto lo había leído en alguna parte; en ese entonces no había tenido la menor idea de qué lo significaba. Pero ahora lo entendía, entendía lo que había sucedido con su padre en el remoto tiempo de la infancia.
Muchas veces se había preguntado cómo llenaría el gran vacío que Salvador y su obsesión por él, había dejado en su corazón.
Después de tantos años, le cuesta imaginar como fueron aquellos días; se mezclan los sentimientos con las imágenes, se confunden la felicidad con la tristeza, con la perturbación. Con el tiempo se había ido rompiendo por dentro: poco a poco pero sin pausas, hasta quedar reducida a escombros, sin nada de donde agarrarse para justificar sus miserias más recónditas.
La obsesión es peor compañera que el amor, piensa ahora Lucia, sólo sirve para ahogarse en la propia desdicha, el amor es luminoso, rejuvenece, mientras la obsesión es fangosa, tortura, enferma hasta los huesos, medita. El tiempo había logrado distraerla de aquellos días que los recordaba luminosos, como si fueran un espejismo, el tiempo le hizo olvidar de la atracción inexplicable que los unía, de la adrenalina que corría por sus venas de sólo escuchar su voz.
Hay noches que rescata la música que les gustaba, las canciones que aprendió a escuchar con él, aquellos discos que le había traído de Paris: Jean Gabin... Edith Piaf… Charles Trenet... Allí está la herencia de Salvador en un estante de su biblioteca, los trajo con ella, pero no tiene el coraje necesario para escucharlas. Si pudiera dejar de lado la memoria, disfrutaría de esas canciones, le alegrarían el día, pero tan fuerte está arraigado el recuerdo de ese hombre, que no puede escuchar esa música.
Ahora piensa que ya no siente nada, no existen para ella nuevos placeres, salvo los cotidianos, las cosas simples, la escritura, el sol cuando se cuela por la ventana, el sonido del mar. No volver a sentir el fuego en las entrañas, ese es el castigo que se impone por haber roto todos los códigos.
Pero cada tanto necesita buscar algo de él, lo que sea, por ejemplo aquella receta de "coq-au- vin", en un libro de cocina que le regaló en la última navidad, antes de la desdicha. Era su comida favorita.
En la cocina fantasea que es un rato dichosa. La palabra felicidad jamás la volverá a pensar, la hizo desaparecer de su mente, está prohibida. Al principio le dolió mucho, ahora está en calma su vida y tranquilo el corazón, pero volver a ese sentimiento, eso sí que nunca más. Su sexualidad ésta anulada. En ese entonces, el contacto de la piel era un lenguaje entre los dos, hasta el final de la relación secreta y tan maligna, cuando todo se hizo pedazos alrededor. Lo veía, entonces como un hombre poderoso, enorme, ahora lo visualiza distinto, más accesible, mas humano, aunque ya no está. Nunca supo verdaderamente lo que él sentía, no pudo tocar sus sentimientos, pero él supo cómo jugar con los de ella.
¿Cuál es la razón por la que me quieres olvidar? recuerda la pregunta; fue en aquel restaurante alejado del barrio. No pudo contestarle enseguida, recuerda,comió un bocado y se dedicó a mirar por la ventana el pasar de la gente, mientras su corazón se agitaba como una mariposa. No era la rabia lo que la hacia callar, sino la falsedad de su pregunta, el patético cinismo de su media sonrisa. Cualquier intento de comprensión, cualquier reclamo, sería inútil. Malditos de nosotros, dijo, después se levantó y se despidió de él con un beso en la frente.
Antes de irse él le acarició la cara y dijo: nunca olvides aquella canción...
-Nunca la olvidé, dijo ella.
"Je sais, que alors je sais tout"... Yo sé que ahora yo sé todo...susurró él.
En esos días lejanísimos, a veces soñaba, que volvería un día a la casa de su madre y que en ella encontraría las respuestas. Al fin y al cabo el amor de madre es un amor incondicional, pensaba.
Todos sus recuerdos están relacionados con la ambigüedad. Ambigüedades entre su madre y su padre, ambigüedad entre su madre y ella, entre el amor y la maldad, entre la tribulación y el placer. Con el tiempo se fue convirtiendo en una muchacha rara, con una desazón constante entre lo que quería y lo que debía. Vivir era una suerte de desafío, una necesidad de sujetar el tiempo para no crecer. Y desde que tuvo la posibilidad de recordar, la ambigüedad había sido como su mejor opción. No tuvo hijos, porque Salvador le pidió que no los tuviera.
- No quiero un hijo de mi hijo, seria una herencia maldita- dijo, y ella obedeció para no herirlo, para no pederlo. La ambigua locura que le producía, la colocaba sobre aquel abismo.
***
Ha salido al jardín y allí se ha quedado un largo rato. Ha mirado desde allí, con el fondo granate del cielo y las luces apenas encendidas del balneario en el anochecer. El aire húmedo, el sonido del mar, la han hecho pensar en aquellos que ya no están, mucha gente que amaba ha desaparecido.
No quiere caer en la tristeza del tiempo perdido, pero a veces cae en la nostalgia de los días luminosos cuando se ilusionaba con proyectos, o se hacia promesas; cuando se proponía ser coherente con la vida que había elegido, cuando volvía a caer en la tentación de volver a ser una traidora, un infiel. Hoy, la sombra de los días aquellos, amortigua las emociones, ya casi no recuerda cuales eran los placeres.
Vuelven otra vez a su mente, las imágenes de la noche en que conoció a Pablo en la terraza del aquel restaurante…recuerda que bebían un jugo de naranjas con vodka. Él la mira con ojos enamorados y sonríe; ella lleva un vestido negro con escote y se ruboriza, cuando dijo que ella era una linda y seductora mujer. Las mismas palabras que había usado Salvador a poco de conocerse. Recuerda también que se sorprende de ver en él rasgos que le gustan, manos que hablan por si solas; cuando la abraza dice palabras suaves, huele a pino, a hombre; después se apoya en la ternura de su camisa de lino contra su cara y en ese momento siente que quizás pueda salvarse de Salvador si se enamora de Pablo (ahora también vuelve la sensación aquella, el perfume…). Descubre sus labios cerca de su boca con un gesto de pudor y reacciona, le da sus labios para que los bese y otra vez se sorprende al sentir un placer dulce, cálido, nuevo.
Hoy ahora piensa que fue un tiempo casi perfecto, con las ganas de disfrutar del amor nuevo y limpio, que había surgido entre los dos.
Pudo haberse salvado de la obsesión por Salvador, pero todo se rompió aquella mañana en el balneario, cuando vio los pedazos de tela desparramados por el piso del departamento que habían alquilado.
Se han borrado todas las imágenes de aquel tiempo.
Se han borrado todas las imágenes de aquel tiempo.
***
De la noche a la mañana la relación con la muchacha se ha transformado en el gran desafío. No sabe qué hacer con ella, como tratarla, cómo hablarle; ve en ella su propio reflejo, como si estuviera soñando.
Cuando la angustia la acorrala, no sabe como decirle que quiere quedarse sola. Pasó a ser una inquietud casi cotidiana. Piensa en ella, cuando no viene por unos días, y se fastidia cuando la muchacha se obsesiona en verla. Mantienen una cierta distancia, nada excesivo, aún se observan como dos personas que se recelan.
Aunque en su interior comienza a engendrarse una violencia totalmente desconocida para ella, una rara mezcla de rabia y cariño incipiente. Sale a hacer los paseos como siempre, cumple con disciplina estricta los movimientos de cada día. Es una rutina que se ha impuesto desde que ha llegado al balneario. Vestirse con esmero, hacer las compras para cocinarse, buscar el diario cada día.
Se sienta en el sillón del living para ver el atardecer desde la ventana, y toma el vino cada noche con el mismo placer de siempre. La única ilusión del día es sentir el ladrido de su perro anunciando alguna visita. Generalmente es el farmacéutico que la aprecia mucho y está solo como ella, o el golpecito en la puerta de la señora Mirta cuando viene a traerle los huevos de sus gallinas. Pequeñas alegrías del día. Y ahora Nieves la confunde, cuando toca el timbre con ímpetu joven y desaforado. Piensa que es un espíritu de ella misma, una sombra que aparece para sorprenderla, fastidiarla a veces, enternecerla otras, porque le muestra su propia obsesión, la miseria que no quiere volver a enfrentar.
Hasta la llegada de la muchacha, su vida se había organizado bastante: el pasear por la playa, por el jardín, revisar las plantas, dormir la siesta, caminar por el centro cuando tiene que ir al banco a cobrar la pensión, los almuerzos en el “El verde”,escribir sus memorias.
Su mundo se cerraba sobre sí mismo, solitario y privado, allí se sentía bastante segura.
Había recorrido muchos lugares parecidos, pero éste había sido el lugar perfecto para el aislamiento voluntario, para retomar su vida; se había enamorado de aquel rincón sencillo y apenas visible a los vecinos o a los turistas. Era una mujer casi feliz en ese lugar secreto. Cuando volvía la vista atrás, le era difícil relacionar su actual y serena monotonía, con todo aquello que había decidido olvidar.
Piensa en ella, joven y fresca, en sus argumentos y en sus propias razones, en aquellas palabras que aun sonaban en su cabeza: generosidad, egoísmo, lealtad.
Él no lo había entendido nunca, pero ella sí lo había entendido...sobre todo había cumplido más allá de lo que le parecía bien o mal; lo que era justo o injusto, si era sano o razonable.
No había querido saberlo, sólo había cumplido con la promesa de ser leal a ella misma.
***
-El deseo y la obsesión llevan a la ruina- dijo Lucia.
-¿A la ruina, Lucia?
--Si, yo lo sé.
-Yo también.
-¿Sabes, Nieves, que sin deseo estaria muerta?
- Es que sin deseo no tiene sentido vivir.
-¿Y sabes qué más? Yo deseé mucho a un hombre. Deseé su calor, su compasión, su cuerpo, deseé morir.
-Yo deseo vivir. He decidido ser hermosa.
-Aún estas a tiempo, Nieves. La amistad más buena, está fundada en algo más; la amistad que se da entre personas diferentes, porque está basada en algo más precioso que la alegría. Está basada en la perfecta aceptación del uno por el otro.
-No se puede tener todo en la vida, Lucía.
Fin
1
Ayer aún la vida no nos había robado nada...
Mis besos, tus abrazos y el sol por la ventana.
Las ilusiones, los gestos de asombro en las miradas.
Hoy sólo quedaron la nostalgia ...los retazos.
2
Hay días que me da por recordar tus rasgos que tanto me gustaban...
tus palabras suaves, tus manos que olían a pino.
Aquel tiempo perfecto cuando la vida aún no nos había exigido casi todo.
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